Reseña de: "The horror country"
- Tenebris

- 6 may
- 4 Min. de lectura

The Horror Country es, probablemente, uno de los proyectos más peculiares que han surgido dentro del cómic de misterio en España en los últimos años (al menos que yo conozca) precisamente porque no intenta ser únicamente una historia de terror o una aventura ufológica convencional. Lo que plantea realmente es una inmersión absoluta en el universo de la conspiración contemporánea, mezclando investigación criminal, inteligencia gubernamental, fenómenos anómalos y cultura del misterio hasta crear una especie de archivo paranoico ilustrado donde la realidad y la ficción terminan contaminándose constantemente.
La premisa ya resulta potente: la agencia de detectives THC, conocida inicialmente por resolver casos vinculados a crímenes de élite, acaba desviando su trayectoria al verse involucrada en fenómenos imposibles de explicar racionalmente. A partir de ahí, el cómic se sumerge en un caso ocurrido en 1975 que destapa una supuesta conspiración alienígena global y sinceramente, creo que ahí reside gran parte de su fuerza narrativa: en cómo utiliza la investigación detectivesca como puerta de entrada hacia algo muchísimo más oscuro y desestabilizador.
Porque The Horror Country no habla únicamente de extraterrestres, habla de estructuras de poder, de manipulación informativa, de inteligencia militar, de operaciones psicológicas, de paranoia colectiva y sobre todo, de la sospecha constante de que la realidad que consumimos está cuidadosamente diseñada.
La presencia de referencias a MK-Ultra, las PSYOPS y las estrategias de manipulación mental convierte el cómic en algo mucho más inquietante que una simple historia conspirativa. Se nota muchísimo la influencia de Manuel Carballal en toda esa construcción del relato, porque el cómic bebe claramente de décadas de documentación sobre desinformación, experimentación psicológica y operaciones encubiertas vinculadas tanto al fenómeno OVNI, como a los mecanismos de control social y lo interesante es que jamás cae en el sensacionalismo barato. Todo está planteado desde una atmósfera en la que nunca terminas de saber qué parte pertenece a una conspiración real, qué forma parte de una operación psicológica y qué nace directamente de la obsesión humana por encontrar sentido a lo desconocido. El lector queda atrapado en esa incertidumbre constante.
La ambientación estadounidense funciona perfectamente como escenario simbólico de toda esta narrativa. Estados Unidos aparece casi como el gran laboratorio del misterio contemporáneo: agencias de inteligencia, secretos militares, experimentos psicológicos, fenómenos aéreos inexplicables y décadas de teorías conspirativas acumuladas hasta formar una mitología moderna propia.
Narrativamente, el cómic tiene algo muy cinematográfico. Por momentos parece un thriller de espionaje, en otros, una investigación periodística sobre fenómenos anómalos y en otros, entra directamente en un terreno cercano a la ciencia ficción conspirativa más incómoda. Esa mezcla de géneros es precisamente lo que le da personalidad .
Por otro lado, está el apartado visual de Salvador Larroca, que resulta absolutamente esencial para sostener toda esa sensación de vigilancia, secretismo y extrañeza. Larroca consigue crear escenarios donde siempre parece existir algo oculto fuera de plano. Hay laboratorios, archivos, carreteras interminables, oficinas gubernamentales y cielos cargados de amenaza silenciosa. Incluso cuando no ocurre nada explícitamente terrorífico, el cómic transmite incomodidad.
Pero una de las cosas más fascinantes de The Horror Country es cómo incorpora continuamente figuras reales del mundo del misterio y la divulgación paranormal, generando una sensación casi metanarrativa. Aparecen nombres reconocibles como Iker Jiménez y Carmen Porter, junto a figuras como Arturo Pérez-Reverte, Carlos Bustos, David Cuevas, Santi Camacho, Enrique de Vicente y Grifol, entre otros. Y, lejos de sentirse como simples cameos gratuitos, estas apariciones ayudan a construir la sensación que todo el cómic existe dentro del propio ecosistema cultural del misterio español. Es casi como si el lector estuviera entrando en una dimensión paralela donde periodistas, investigadores y divulgadores reales forman parte activa de una gigantesca red internacional.
Ese juego entre realidad y ficción está, además, reforzado constantemente por la presencia visual del logo del pódcast de Elena Merino, Elena en el País de los Horrores, así como por las continuas apariciones de su perrito, que funcionan casi como pequeños guiños internos para quienes siguen su universo y sinceramente, esos detalles aportan muchísima personalidad al cómic, porque le dan una identidad propia muy ligada a la comunidad del misterio y el horror contemporáneo en España.
Hay algo muy interesante en cómo la obra entiende la cultura del misterio no solo como temática, sino como universo compartido. pódcasts, investigadores, periodistas, referencias ufológicas, teorías de inteligencia y conspiraciones se mezclan hasta formar una especie de archivo vivo de la paranoia moderna, donde el miedo contemporáneo ya no nace únicamente de monstruos visibles, sino de la sospecha constante de que la información puede manipularse, la realidad puede fabricarse y las narrativas oficiales jamás cuentan toda la verdad.
Al terminar el cómic queda una sensación extraña, casi incómoda. Como si uno hubiera recorrido no una ficción, sino una recopilación fragmentada de secretos, expedientes clasificados y obsesiones colectivas que es lo que vuelve a The Horror Country tan absorbente: su capacidad para hacer que durante un instante, la conspiración parezca completamente posible.
Yo, personalmente, terminé el volumen con la sensación de haber leído apenas la punta del iceberg y me quedé con auténticas ganas de seguir con el volumen II para saber más, seguir tirando del hilo y descubrir hasta dónde llega realmente toda esa red de conspiraciones y secretos que plantea la historia.
Gara Lacaba Toledo





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