LO DE EUROVISIÓN 2024: EURAVEVISIÓN, O LA NOCHE DE LOS CÓDIGOS ROTOS. (Parte II) Por Javier Mérida
- Tenebris
- 26 may 2024
- 15 Min. de lectura
15. Italia La noia (Angelina Mango) 268 votos. 7º puesto.

La vencedora en la última edición del Festival de San Remo, Angelina Mango, fue
la encargada de representar a la RAI (la italotele) con el tema La noia «El aburrimiento»,
de marcadas y juguetonas sonoridades propias de su tradición musical, y otras varias.
Una especie de cumbia mediterránea atarantelada a la que ayudó mucho la puesta en
escena y el juvenil desparpajo de Angelina, quien también partía entre las favoritas.
Desde su regreso en 2011, la trayectoria de Italia en los últimos años ha sido más que
notable, pues de 13 participaciones hasta el momento, en 11 ha quedado entre los 10
primeros puestos de la clasificación final, entre ellas un triunfo (3º en su haber) en
Rotterdam 2021 con Zitti e buoni de Måneskin. Eso dice mucho de un país que durante 12
años (período de 1998-2010) decidió apartarse del certamen y que, a su vuelta no ha
dejado de mostrar su arrolladora personalidad cada año. Así ha sido también en esta
ocasión, gracias a una muy buena puesta en escena, aunque tal vez la canción en sí no
sea demasiado original. No obstante, siempre nos quedará San Remo.
16. Serbia Ramonda (Teya Dora) 54 votos. 17º puesto

La joven artista y cantauora serbia Teodora Pavlovska logró meterse en la final con
un tema bien interesante, de inicio sosegado e intimista que escala hacia un melancólico,
intenso y envolvente estribillo de corte muy balcánico, aunque no sea de esos que se
quedan demasiado en la memoria. No obstante, la puesta en escena resulta muy
atractiva, aunque el conjunto al final, a esa altura del festival pasa, en mi opinión un tanto
desapercibida. Serbia, alcanzó el triunfo en la edición celebrada en Helsinki, en año 2007,
«debutando» como tal (hasta entonces lo hacía junto a Montenegro) con Marija Šerifović
con aquel inolvidable y potente tema titulado Molitva («Plegaria»). De sus 15
participaciones anteriores como Serbia, propiamente, en 12 ocasiones se ha clasificado
para la Gran Final, con fórmulas, estilos y resultados diversos. Hasta el momento, desde
ese mosaico balcánico en que se convirtió Yugoslavia a partir del año 1992, ha sido el
único de esos países en lograr alzarse con el gran premio.
17. Finlandia No rules! (Windows95man) 38 votos. 19º puesto

Y entonces llegó la maravillosa astracanada de este año de mano del artista visual
y DJ Teemu Keisteri, con el peculiar nombre artístico Windows95man, acompañado en
escena por el vocalista Henri Piispanen. No rules! hace honor a su título y es un tema
machacón y bailable, con una puesta en escena delirante sobre todo por la performance
de su representante, en una excelente y coordinada realización que juega siempre a
evitar mostrar sus «partes pudendas» (aunque llevara un tanga color carne nunca
sugerido explícitamente), que arrancó inevitables carcajadas debido a las diversas
situaciones que provoca en escena tamaña travesura (quizá algo infantil), que, sin duda
alguna, contribuyeron a distender el enrarecido clima que ha caracterizado esta edición
del Eurofestival. A pesar de su bajo puesto en la clasificación, y tras el regusto que nos
dejó el ganador moral de la pasada edición de Liverpool, aquel Cha cha cha de Käärijä,
quizá no desmereciera tanto su propuesta. De cualquier modo, Finlandia, con su
demostrada personalidad en el Festival, puso la nota hilarante, tan necesaria. En su larga
historia en el Festival (56 años participando) alcanzó el triunfo con el grupo heavy Lordi en
Atenas (2006) con Hard Rock Hallelujah. La de Finlandia este año fue de esas
representaciones memorables, precisamente por el carácter lúdico y nada triunfalista de
su propuesta, pues al final salieron a divertirse y a divertir al personal, lo cual se
agradece. Sin duda, la canción más divertida de esta edición.
18. Portugal Grito (Iolanda) 152 votos. 10º puesto

La meteórica carrera de Portugal en el Festival tras el triunfo en Kiev en 2017 con
Salvador Sobral nos ha dejado en las últimas ediciones auténticas joyas. La preselección
portuguesa de este año, el histórico Festival da Canção que cada año celebra la tele lusa
RTP, convocó a una buena cantera y muestra de lo que se cuece en el panorama musical
de nuestro país hermano. Buen ejemplo de ello es la canción Grito, defendida por la joven
y experimentada cantante Iolanda, autora junto con el español Alberto «Luar» Hernández.
Si bien desde su clasificación en el Festival da Canção hubiera parecido que Grito se
quedaba en un plano un tanto discreto, lo cierto es que la portuguesa es de esas
delegaciones que se trabajan de modo excelente sus actuaciones. No ha sido diferente en
esta ocasión, pues tanto en su Semifinal como en la Gran Final, la canción y su propuesta
escénica (sobria y minimalista) crecieron hasta alzarse con un merecedísimo 10º puesto.
Grito, cantada en portugués, tiene esas sonoridades y giros vocales tan propios suyos
lusitanos, con unos arreglos bien elegantes que la alejan de estridencias y lugares
comunes. En otro orden de cosas (que diría el bueno de Trecet) la participación de
Portugal generó en los cimientos de la biempensante y sumisa UER cierta polémica por
cuanto que la RTP fue de las primeras televisiones en denunciar el clima que se vivía
entre las bambalinas de esta edición en Malmö, poniendo negro sobre blanco (nunca
mejor dicho) acerca de las prácticas de la delegación israelí, pues no fueron pocas las
coacciones que esta delegación sufrió, y sobre todo por la alineación de Iolanda con
respecto al conflicto en curso, a través de su homenaje a la kūfiyya (patrón tradicional del
pañuelo palestino), en el diseño de sus uñas, y que también, en la presentación de la
Gran Final portó en su mano el cantante invitado sueco Eric Saade (de origen palestino) y
que suscitó no poca polémica. En cualquier caso, Portugal volvió a cumplir las
expectativas, y esperamos con gran interés e ilusión su próxima participación.
19. Armenia Jako (Ladaniva) 183 votos. 8º puesto

La canción armenia Jako (cantada en armenio, lo cual no es nada habitual en sus
presentaciones), es una fiesta étnica muy pegadiza y atractiva, bien defendida por el dúo
francoarmenio Ladaniva. De múltilples y reconocibles sonoridades balcano-caucásicas, la
puesta en escena ayudaba mucho a que esta canción y su estribillo fácilmente coreable
resultara una de las más destacables del certamen, si bien en un principio no contara con
demasiado prodigamento entre el eurofanato, aunque también, todo hay que decirlo,
levantaba sus pasiones hasta el punto de haber partido como una de las favoritas de este
año. No obstante, su 8º puesto en la clasificación final bien pudo deberse también a la
posición en la que participó, lo cual a menudo contribuye a su mejor posicionamiento
luego en la tabla clasificatoria, como así fue. Una buena canción, divertida, vistosa y digna
de un país que en su debut en 2006 (Atenas) y tras 13 participaciones en la Gran final (de
16 ocasiones en total en que ha participado), ha conquistado ese top 10 en ocho
ocasiones, lo cual no es nada desdeñable. Con Jako es la segunda ocasión en la que
Armenia se presenta con un tema íntegramente cantado en armenio, cuando en otras
ocasiones o lo ha hecho en inglés o combinando ambos idiomas. Su mejor palmarés está
en dos cuartos puestos alcanzados con Sirusho y Qélé qélé en 2008 (Belgrado) y con
AramMp3 y Not alone en 2014 (Copenhague). No está de más ir siguiéndole la pista a
este país de los llamados emergentes en el festival, con una acusada personalidad
musical que, a pesar de su discreción, puede darnos alguna sorpresa en años venideros.
Estaremos pendientes.
20. Chipre Liar (Silia Kapsis) 78 votos. 15º puesto.

Lo de Chipre, uno de los más queridos y veteranos países del Festival, parece
obedecer o bien a una falta de tino, de suerte o de ya no se sabe muy bien qué. Desde su
debut en 1981 en Dublín, la trayectoria eurovisiva de este pequeño y polémico país
(archiconocida es su filiación y acogimiento a la cultura griega), ha sufrido numerosos
altibajos. Su mejor clasificación fue alcanzada por la escultural Elena Foureira y su Fuego
en 2018 (Lisboa), tal vez precursora de lo que se ha dado en llamar euronancies, que son
esas cantantes o intérpretes, por lo general femeninas, que a golpe de mostrar sus bellos
y atléticos cuerpos, presentan temas energéticos de reconocible corte beyonciano o
jenniferlópico, estilo muy recurrente y socorrido que se consagró en el chanelazo de Turín
2022, de la mano de Chanel, y que al parecer, en estos años últimos ha creado escuela.
Del mismo modo, Chipre ha tirado con frecuencia de baladas de helénicas evocaciones,
temas más movidos también de resonancias mediterráneas, pero parece no haber dado
todavía con la fórmula exacta que les brinde el triunfo después de 40 años de
participación en el certamen. Tampoco lo han conseguido este año con el Liar de Silia
Kapsis, una foureirada de perfil bajo, con una puesta en escena convencional como el
tema en sí, que no aporta demasiado a su acervo eurofestivalero, de ahí su discreto
puesto en la clasificación final.
21. Suiza The code (Nemo) 591 votos. 1 er puesto

La incontestable ganadora de este año vino de la mano del artista no binario Nemo
defendiendo magistralmente la canción The code. Antes de continuar comentando la
participación suiza de este año permítanme que haga un poco de retrospectiva. Desde
que en 1998 en Birmingham se abriera el melón de la visibilización (y normalización) del
colectivo LGTBIQ+ gracias al triunfo de Dana International (primer artista transexual de la
historia del Festival) y su célebre Diva, representando nada menos que a Israel, el
Eurofestival dio un vuelco radical levantando aquel pesado telón que durante su abultada
existencia mostraba, al fin, lo que había detrás de muchas facetas creativas, tendencias,
estilos, propuestas y mensajes cristalizados en tantas canciones. Quizá no hasta ese
momento, pero desde luego sí que a partir de aquel hito, Eurovisión supuso una
plataforma más que eficiente y eficaz para la incorporación y reivindicaciones de dicho
colectivo. Esto suponía la ruptura de muchos códigos y etiquetas de cierta vetustez
aparejadas al perfil audiovisual del certamen que venían pesando ya demasiado, y que a
ojo de este humilde cronista, fue precisamente lo que había sumido al festival en esa
espiral de desinterés, desidia y aburrimiento. Salvo el hechizo feérico de los años dorados
(1990-1998) debido a la apertura a sonoridades de perfil más étnico y propuestas más
arriesgadas, quizá antesala de otros aires, el Festival derivó, por fin, en la eclosión de
renovadas formas y maneras, provocando una explosión de interés y entusiasmo,
recuperando y terminando de consolidar la gran familia transgeneracional y transversal
que es ahora el eurofanato, cuya raíz existencial siempre ha estado en la diversidad y la
tolerancia hacia un mundo más abierto y menos restrictivo donde todo cabe (aunque no
todo valga) respecto a la dimensión artística que este certamen lleva acumulando desde
hace 68 años. Hecha la digresión, este año, la victoria de Nemo, tan significativa como la
de Dana International por Israel, la de Marija Šerifović por Serbia y la más reciente de
Conchita Wurst por Austria (Copnehague 2014), consolida el andamiaje sobre el cual el
Festival ha resucitado y reavivado el fuego de esa pasión que cada año provoca, tanto ya
en sus seguidores como en dimensiones mucho más allá del propio certamen. La UER
siempre ha sostenido que el Festival es un evento apolítico, lo cual no es cierto. Si
tenemos en cuenta lo que socialmente han supuesto los triunfos antes mencionados y las
conquistas a las que dichos hitos han contribuido se cae de maduro que esa afirmación es
más una cuestión cosmética que otra cosa, sobre todo en esta edición, en la que se la
han visto las costuras a esa vieja Eurocasta de siempre. En cualquier caso, Nemo,
rompiendo todos los códigos, presentó un tema de una alta dificultad interpretativa. The
code como canción toma múltiples elementos e influencias: desde los guiños mozartianos
a la Flauta Mágica, pasando por el género musical, envolviéndose en ropajes de hip-hop,
para proseguir introduciéndose en territorios musicales que requieren por parte del artista
una extraordinaria solvencia. Nemo cumple con creces estas y otras cualidades que lo
hacen destacable, haciéndolo único en su especie hasta el momento. Su llamativo
atuendo, que bien podría guiñarle el ojo de modo desafiante a aquel que luciera Céline
Dion en Dublín en 1998, o incluso, si me apuran al primer clasicismo de Lys Assia en
aquel ya tan lejano festival de 1956 celebrado en Lausana, combinado con una puesta en
escena minimalista en la que esa simbólica y crucial peana oscilante que le hace el juego
al que Nemo entra con excelencia han elevado esta participación al nivel de icono (o
ícono, según los más cultes) para los restos. The code transita por diferentes estilos que
se consagra en una explosión, diríamos, casi techno-barroca, de farinellístico virtuosismo,
pide por parte de su intérprete una solvencia artística poco común para quien ose
acometer tamaña empresa. En este caso, Nemo, como hemos dicho, lo borda.
Indudablemente, Suiza, como país neutral, regresa al Festival poniendo orden y sentando
las bases de lo que podría anunciarse como una nueva etapa en la historia del Festival.
Tercer triunfo para el país fundador de este milagro musical que representa en todo su
conjunto el fenómeno eurovisivo, haciéndolo único en su especie. Podría seguir
comentando aspectos más puntuales de esta participación, pero dada la longitud que ya
lleva esta crónica, tal vez sea mejor ir aparcando por aquí muchos de ellos, tal vez con el
ánimo de generar diferentes piezas y artículos relacionados. En definitiva, muy bien por
Nemo, por su acertada propuesta y su más que demostrado compromiso por la causa,
compartida este año con Bambie Thug por Irlanda, de visibilizar y demostrar que en
Eurovisión todo el mundo tiene cabida, siempre y cuando se trate de avanzar y no de
retroceder. Merecidísimo triunfo el de Suiza.
22. Eslovenia Veronika (Raiven) 27 votos. 23º puesto

Eslovenia, país dentro de lo que cabe discreto en su historia eurovisiva presentó
este año a la bellísima cantante Raiven con la canción Veronika. Ataviada con un ceñido
outfit que podría incluso engañar al ojo (parece casi un body-painting) con una sensual y
carnal puesta en escena que podría haber firmado en sus tiempos gloriosos la gran
Mónica Naranjo, defendió un tema interesante, aunque tampoco demasiado notorio. Sin
embargo, hay que recordar que Eslovenia obtuvo sus dos mejores clasificaciones en 1995
en Dublín con la cantante Darja Švajger (que repetiría en Jerusalén en 1999, en inglés en
aquella ocasión) y la balada clásica Prisluhni mi, y en 2001 en Copenhague con Nuša
Derenda y su Energy obteniendo en ambas ocasiones un 7º puesto. Es conocida la
tradición musical de este pequeño país balcánico, de todos los que en aquella infame y
fratricida contienda de mediados de los noventa de algún modo menos sufrió. También
con una trayectoria errática, aunque normalmente reconocible en sus propuestas, aún
persigue el triunfo con tenacidad. Veremos que pasa en el futuro.
23. Croacia Rim Tim Tagi Dim (Baby Lasagna) 547 votos. 2º puesto

Favorita desde el minuto uno, Croacia se la jugó a ser un poco Käärijä (Finlandia,
Liverpool 2023) y un tanto Wig Wam (Noruega, Kiev 2005). Lo cierto es que la canción
croata partía con todas las fórmulas necesarias como para haberse alzado con el gran
premio este año, pero claro, siendo un tema potente, recordaba a cosas ya escuchadas,
aunque bien combinadas. Sin embargo, la puesta en escena y el despliegue de energía y
entusiasmo en su interpretación la hicieron valedera de disputarle a Nemo el ansiado
trofeo. Sinceramente, en opinión de quien les escribe, hubiera sido un punto que Croacia
terminara venciendo con este arrollador tema, entre folk-ska (que en ocasiones recordaba
a nuestro levantino Chimo Bayo) pero se quedó ahí, arañando esa excelencia que en sí
no terminaba de alcanzar; pero casi por justicia eurovisiva, es de calle una de las mejores
propuestas que el país balcánico ha enviado al Eurofestival. Croacia, desde su debut en
1993 con el grupo Put y su Don’t ever cry ha estado en seis ocasiones en el top 10, a
saber: un 6º puesto en 1995 (Dublín) con Nostalgija de Magazin & Lidija; un 5º puesto en
Birmingham (1998) con Danijela y la maravillosa canción Neka mi ne svane; dos 4º
puestos en 1996 (Oslo) con Maja Blagdan y la espléndida Sveta ljubav, y en 1999
(Jersualén) con Doris Dragović y su Marija Magdalena; un 9º puesto con Goran Karan en
Estocolmo (2000) y su Kad zaspu anđeli; y finalmente un 1oº en Copenhague (2001) con
Vanna y Strings of my heart. Croacia es de esos países a los que se les ve intenciones
más que sobradas de ganar el Festival, pues su plataforma de exposición musical, el
Festival Dora, que cada año designa al representante de la HRT (la tele croata), ofrece
cada año perlas que nos dan buena muestra de la riqueza musical que se encuentra en
esta zona de Europa y que merece ser explorada con atención. Ganadora moral,
subcampeona, Croacia ha encajado su 2º puesto (el mejor de su historia) con la digna
altura de un país que está llamado a protagonizar en unos años un gran triunfo para el
orbe balcánico. Una gran propuesta la de esta ocasión, cuyo resultado esperemos no
desinfle su ilusión por conseguirlo en el futuro.
24. Georgia Firefighter (Nusa Buzaladze) 34 votos. 21º puesto

La historia de Georgia en el Eurofestival es curiosa. Debutó en Helsinki (2007) con
la cantante Sopho y su Visionary Dream, canción cargada de intenciones y de una
sorprendente factura, en la que quizá haya sido su más recordable actuación, pero no lа
más memorable. Siendo de esos países que andan en búsqueda de su hueco estilístico,
no obstante en su corta andadura, se han posicionado en torno entre los 15 primeros de
la tabla clasificatoria en la mayoría de las ocasiones. Siempre presentando canciones en
inglés, por aquello de equipararse al imperio musical de lo gustable, sus exploraciones e
indagaciones en el ámbito musical europeo les han granjeado expectativas que, a no ser
que empiecen a replantearse ciertas cuestiones, auguro (es mi opinión), no les dará
muchos éxitos. Este año tiraron de fórmula euronancista con la canción Firefighter, que
bien podría haber firmado cualquier reciente Chipre, con un resultado como para
mirárselo. De todas formas, será Georgia de esos países que cuando encuentren su
genuino camino musical puede dar mucho de sí. Valentía no les falta, desde luego.
25. Francia Mon amour (Slimane) 445 votos. 4º puesto.

El gran Slimane, LA VOZ de este año (con atuendo ciertamente raeliano) captó
como nadie los corazones del eurofanato con su soberbísima balada Mon amour. Uno de
esos temas genuinamente franceses, como los más recientes S’il fallait le faire de Patricia
Kaas en 2009 (Moscú), o el Voilà de Barbara Pravi en Rotterdam (2021), que erizan los
pelos del interior de la piel de uno; temas todos ellos con esa fuerza atávica de la gran
tradición baladística gala que luego se hacen monumento y de las que en Eurovisión ya
estamos bien entrenados, afortunadamente. Se echaba de menos por Francia (miembro
del selecto Big Five) un tema como este (no me voy a detener en sus logros, hallazgos e
historia eurovisiva, lo cual daría para un artículo exclusivo tan extenso o más que este en
la historia de la música europea, siempre a pies juntillas de lo eurovisivo, sobre el cual su
tradición musical moderna ha explorado lo suyo, con sus aciertos y sus fracasos). Se
echaba de menos, sobre todo para los eurofans nostálgicos, como yo, de esos que
buscamos en la maraña eurovisiva esas joyas que uno nunca pensaría encontrarse entre
tanto barro. Pero así es. Y así fue. Slimane con una propuesta escénica luminosamente
melancólica, con ese golpe de efecto a capella, que de no haber sido por el spoiler de la
segunda Semifinal, hubiera rendido a sus pies a todo el mundo, defendió un hermosísimo
y catedralicio (notredámico) tema de amor, que de estar Aznavour vivo se hubiera
postrado ante él, acometió con sobria inteligencia escénica una actuación memorable que
creo que quedará para los restos, a pesar de las dificultades que experimentó en los
ensayos por cierta fatiga que impone el maremágnum organizativo del Festival. Sin
embargo, y aunque se le notaban aún resabios de ese cansancio, bordó un tema que a
ver quién lo canta. Chapeau por él y por el gozo musical que nos brindó.
26. Austria We will rave (Kaleen) 24 votos. 24º puesto

Kaleen fue la encargada de cerrar tamaño evento. No pudo haber mejor colofón a
toda esta fiesta musical, lo cual tal vez la perjudicó en su clasificación. De todas formas,
La rave austríaca nos cogió aún oxigenándonos del pellizco cardíaco que nos había
dejado Slimane. Como Finlandia, la propuesta de Kaleen era meramente funcional, es
decir, sirvió como bálsamo a las gravedades e incluso descarga de tantas emociones
encontradas. Quienes frecuenten las pistas de baile se encontrarán seguramente con este
tema, desapercibidamente familiar, pero que harán «levantar los bracitos» y dejarse llevar.
Una cosa más de lo centroeuropeo, proviniente de un país con amplia tradición en el
Festival, cuyo mayor hito reciente ha sido y será su segundo triunfo, el de Conchita Wurst,
porque el de Udo Jürgens en 1966 (Luxemburgo), la verdad, ya en nada está vigente.
Austria es de esos países que también merecerían un artículo aparte, aunque si bien
musicalmente en Eurovisión han aportado alguna cosa memorable, discreta y
pecaminosamente revisitable al Festival, lo cierto es que completa la cota de veteranía.
Pero se la nota fatigada ya. En fin, veamos que ocurrirá en los derroteros próximos de la
andadura de Eurovisión, 56 años ya aportando sus cositas.
Y para terminar, debo confesar que esta ha sido la crónica más ardua que he
acometido en años del Festival de Eurovisión, una de mis grandes pasiones vitales. Hacía
tiempo que no disfrutaba tanto del certamen. Pero esto es así, el cúmulo de altas y bajas
pasiones se dan cita cada año (un único sábado al año) que hacen que uno esté
pendiente de lo que pasa. Y lo que pasa es lo siguiente, y aquí, ya que el artículo es
excesivo y largo, me lanzo a tumba abierta. El triunfo de Nemo es necesario, como
también lo es la expulsión sine die de Israel, quien no debe hacernos cómplices del
blanqueo de su genocidio doméstico (desde hace décadas). Este año nos ha hecho al
eurofanato replantearnos muchas cosas, entre ellas el valor de lo que representa este
Festival. No nos engañemos, no nos dejemos engañar. El Festival de la Canción de
Eurovisión, quieran o no sus directivos (prueba de ello fueron los sonoros y merecidos
abucheos a su CEO —lo que antes se llamaba Consejero Delegado— Martin Österdahl)
tiene que hacerse una buena limpieza. La dimensión real que este certamen ha tomado
implica que sí, que reconozcamos de una vez por todas que este Festival es político.
Intentar separar la cultura de lo político es una hipocresía; otra cosa muy distinta es el uso
que se haga de ello. Si por política hemos de entender que este certamen es escenario
reivindicativo de causas personales, locales, sociales, universales; si este certamen no ha
sido nunca político, miente en sus propias raíces. Lo que no hemos de consentir nunca es
el cinismo ni sus diversas varas de medir. Eurovisión, desde que tengo uso de razón es la
sinrazón que me incluye en este mundo diverso, vertiginoso, cambiante. Es un «lugar»
donde residir, de genuina hospitalidad, no de hostilidad. Es el único remanso de paz,
ilusorio sí, lo admito, en el que las identidades (nacionales, sociales, políticas,
individuales) se miden con la solidaria acogida de un encuentro multicultural donde todo
tiene cabida, y en ese todo incluyo hasta la barbarie. Pero en su esencia, lo que para
muchos representa este evento anual es la inclusión, el escenario libre de expresión en el
cual lo que se expone ha de ser siempre un número que sume, no el que reste ni divida.
Cada cual somos de nuestro padre y de nuestra madre, pero si hay algo por lo que
merece la pena una pasión es este evento que poco a poco se va extendiendo, como
brazos o alas que nos cobijan y nos delatan en nuestras fortalezas y debilidades. Como
decía la canción de Reino Unido (Dublín 1997) Love shine a light. Hasta el año que viene.
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