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LO DE EUROVISIÓN 2024: EURAVEVISIÓN, O LA NOCHE DE LOS CÓDIGOS ROTOS. (Parte II) Por Javier Mérida

15. Italia La noia (Angelina Mango) 268 votos. 7º puesto.




La vencedora en la última edición del Festival de San Remo, Angelina Mango, fue

la encargada de representar a la RAI (la italotele) con el tema La noia «El aburrimiento»,

de marcadas y juguetonas sonoridades propias de su tradición musical, y otras varias.

Una especie de cumbia mediterránea atarantelada a la que ayudó mucho la puesta en

escena y el juvenil desparpajo de Angelina, quien también partía entre las favoritas.

Desde su regreso en 2011, la trayectoria de Italia en los últimos años ha sido más que

notable, pues de 13 participaciones hasta el momento, en 11 ha quedado entre los 10

primeros puestos de la clasificación final, entre ellas un triunfo (3º en su haber) en

Rotterdam 2021 con Zitti e buoni de Måneskin. Eso dice mucho de un país que durante 12

años (período de 1998-2010) decidió apartarse del certamen y que, a su vuelta no ha

dejado de mostrar su arrolladora personalidad cada año. Así ha sido también en esta

ocasión, gracias a una muy buena puesta en escena, aunque tal vez la canción en sí no

sea demasiado original. No obstante, siempre nos quedará San Remo.


16. Serbia Ramonda (Teya Dora) 54 votos. 17º puesto




La joven artista y cantauora serbia Teodora Pavlovska logró meterse en la final con

un tema bien interesante, de inicio sosegado e intimista que escala hacia un melancólico,

intenso y envolvente estribillo de corte muy balcánico, aunque no sea de esos que se

quedan demasiado en la memoria. No obstante, la puesta en escena resulta muy

atractiva, aunque el conjunto al final, a esa altura del festival pasa, en mi opinión un tanto

desapercibida. Serbia, alcanzó el triunfo en la edición celebrada en Helsinki, en año 2007,

«debutando» como tal (hasta entonces lo hacía junto a Montenegro) con Marija Šerifović

con aquel inolvidable y potente tema titulado Molitva («Plegaria»). De sus 15

participaciones anteriores como Serbia, propiamente, en 12 ocasiones se ha clasificado

para la Gran Final, con fórmulas, estilos y resultados diversos. Hasta el momento, desde

ese mosaico balcánico en que se convirtió Yugoslavia a partir del año 1992, ha sido el

único de esos países en lograr alzarse con el gran premio.


17. Finlandia No rules! (Windows95man) 38 votos. 19º puesto





Y entonces llegó la maravillosa astracanada de este año de mano del artista visual

y DJ Teemu Keisteri, con el peculiar nombre artístico Windows95man, acompañado en

escena por el vocalista Henri Piispanen. No rules! hace honor a su título y es un tema

machacón y bailable, con una puesta en escena delirante sobre todo por la performance

de su representante, en una excelente y coordinada realización que juega siempre a

evitar mostrar sus «partes pudendas» (aunque llevara un tanga color carne nunca

sugerido explícitamente), que arrancó inevitables carcajadas debido a las diversas

situaciones que provoca en escena tamaña travesura (quizá algo infantil), que, sin duda

alguna, contribuyeron a distender el enrarecido clima que ha caracterizado esta edición

del Eurofestival. A pesar de su bajo puesto en la clasificación, y tras el regusto que nos

dejó el ganador moral de la pasada edición de Liverpool, aquel Cha cha cha de Käärijä,

quizá no desmereciera tanto su propuesta. De cualquier modo, Finlandia, con su

demostrada personalidad en el Festival, puso la nota hilarante, tan necesaria. En su larga

historia en el Festival (56 años participando) alcanzó el triunfo con el grupo heavy Lordi en

Atenas (2006) con Hard Rock Hallelujah. La de Finlandia este año fue de esas

representaciones memorables, precisamente por el carácter lúdico y nada triunfalista de

su propuesta, pues al final salieron a divertirse y a divertir al personal, lo cual se

agradece. Sin duda, la canción más divertida de esta edición.


18. Portugal Grito (Iolanda) 152 votos. 10º puesto




La meteórica carrera de Portugal en el Festival tras el triunfo en Kiev en 2017 con

Salvador Sobral nos ha dejado en las últimas ediciones auténticas joyas. La preselección

portuguesa de este año, el histórico Festival da Canção que cada año celebra la tele lusa

RTP, convocó a una buena cantera y muestra de lo que se cuece en el panorama musical

de nuestro país hermano. Buen ejemplo de ello es la canción Grito, defendida por la joven

y experimentada cantante Iolanda, autora junto con el español Alberto «Luar» Hernández.

Si bien desde su clasificación en el Festival da Canção hubiera parecido que Grito se

quedaba en un plano un tanto discreto, lo cierto es que la portuguesa es de esas

delegaciones que se trabajan de modo excelente sus actuaciones. No ha sido diferente en

esta ocasión, pues tanto en su Semifinal como en la Gran Final, la canción y su propuesta

escénica (sobria y minimalista) crecieron hasta alzarse con un merecedísimo 10º puesto.

Grito, cantada en portugués, tiene esas sonoridades y giros vocales tan propios suyos

lusitanos, con unos arreglos bien elegantes que la alejan de estridencias y lugares

comunes. En otro orden de cosas (que diría el bueno de Trecet) la participación de

Portugal generó en los cimientos de la biempensante y sumisa UER cierta polémica por

cuanto que la RTP fue de las primeras televisiones en denunciar el clima que se vivía

entre las bambalinas de esta edición en Malmö, poniendo negro sobre blanco (nunca

mejor dicho) acerca de las prácticas de la delegación israelí, pues no fueron pocas las

coacciones que esta delegación sufrió, y sobre todo por la alineación de Iolanda con

respecto al conflicto en curso, a través de su homenaje a la kūfiyya (patrón tradicional del

pañuelo palestino), en el diseño de sus uñas, y que también, en la presentación de la

Gran Final portó en su mano el cantante invitado sueco Eric Saade (de origen palestino) y

que suscitó no poca polémica. En cualquier caso, Portugal volvió a cumplir las

expectativas, y esperamos con gran interés e ilusión su próxima participación.


19. Armenia Jako (Ladaniva) 183 votos. 8º puesto




La canción armenia Jako (cantada en armenio, lo cual no es nada habitual en sus

presentaciones), es una fiesta étnica muy pegadiza y atractiva, bien defendida por el dúo

francoarmenio Ladaniva. De múltilples y reconocibles sonoridades balcano-caucásicas, la

puesta en escena ayudaba mucho a que esta canción y su estribillo fácilmente coreable

resultara una de las más destacables del certamen, si bien en un principio no contara con

demasiado prodigamento entre el eurofanato, aunque también, todo hay que decirlo,

levantaba sus pasiones hasta el punto de haber partido como una de las favoritas de este

año. No obstante, su 8º puesto en la clasificación final bien pudo deberse también a la

posición en la que participó, lo cual a menudo contribuye a su mejor posicionamiento

luego en la tabla clasificatoria, como así fue. Una buena canción, divertida, vistosa y digna

de un país que en su debut en 2006 (Atenas) y tras 13 participaciones en la Gran final (de

16 ocasiones en total en que ha participado), ha conquistado ese top 10 en ocho

ocasiones, lo cual no es nada desdeñable. Con Jako es la segunda ocasión en la que

Armenia se presenta con un tema íntegramente cantado en armenio, cuando en otras

ocasiones o lo ha hecho en inglés o combinando ambos idiomas. Su mejor palmarés está

en dos cuartos puestos alcanzados con Sirusho y Qélé qélé en 2008 (Belgrado) y con

AramMp3 y Not alone en 2014 (Copenhague). No está de más ir siguiéndole la pista a

este país de los llamados emergentes en el festival, con una acusada personalidad

musical que, a pesar de su discreción, puede darnos alguna sorpresa en años venideros.

Estaremos pendientes.


20. Chipre Liar (Silia Kapsis) 78 votos. 15º puesto.




Lo de Chipre, uno de los más queridos y veteranos países del Festival, parece

obedecer o bien a una falta de tino, de suerte o de ya no se sabe muy bien qué. Desde su

debut en 1981 en Dublín, la trayectoria eurovisiva de este pequeño y polémico país

(archiconocida es su filiación y acogimiento a la cultura griega), ha sufrido numerosos

altibajos. Su mejor clasificación fue alcanzada por la escultural Elena Foureira y su Fuego

en 2018 (Lisboa), tal vez precursora de lo que se ha dado en llamar euronancies, que son

esas cantantes o intérpretes, por lo general femeninas, que a golpe de mostrar sus bellos

y atléticos cuerpos, presentan temas energéticos de reconocible corte beyonciano o

jenniferlópico, estilo muy recurrente y socorrido que se consagró en el chanelazo de Turín

2022, de la mano de Chanel, y que al parecer, en estos años últimos ha creado escuela.

Del mismo modo, Chipre ha tirado con frecuencia de baladas de helénicas evocaciones,

temas más movidos también de resonancias mediterráneas, pero parece no haber dado

todavía con la fórmula exacta que les brinde el triunfo después de 40 años de

participación en el certamen. Tampoco lo han conseguido este año con el Liar de Silia

Kapsis, una foureirada de perfil bajo, con una puesta en escena convencional como el

tema en sí, que no aporta demasiado a su acervo eurofestivalero, de ahí su discreto

puesto en la clasificación final.


21. Suiza The code (Nemo) 591 votos. 1 er puesto




La incontestable ganadora de este año vino de la mano del artista no binario Nemo

defendiendo magistralmente la canción The code. Antes de continuar comentando la

participación suiza de este año permítanme que haga un poco de retrospectiva. Desde

que en 1998 en Birmingham se abriera el melón de la visibilización (y normalización) del

colectivo LGTBIQ+ gracias al triunfo de Dana International (primer artista transexual de la

historia del Festival) y su célebre Diva, representando nada menos que a Israel, el

Eurofestival dio un vuelco radical levantando aquel pesado telón que durante su abultada

existencia mostraba, al fin, lo que había detrás de muchas facetas creativas, tendencias,

estilos, propuestas y mensajes cristalizados en tantas canciones. Quizá no hasta ese

momento, pero desde luego sí que a partir de aquel hito, Eurovisión supuso una

plataforma más que eficiente y eficaz para la incorporación y reivindicaciones de dicho

colectivo. Esto suponía la ruptura de muchos códigos y etiquetas de cierta vetustez

aparejadas al perfil audiovisual del certamen que venían pesando ya demasiado, y que a

ojo de este humilde cronista, fue precisamente lo que había sumido al festival en esa

espiral de desinterés, desidia y aburrimiento. Salvo el hechizo feérico de los años dorados

(1990-1998) debido a la apertura a sonoridades de perfil más étnico y propuestas más

arriesgadas, quizá antesala de otros aires, el Festival derivó, por fin, en la eclosión de

renovadas formas y maneras, provocando una explosión de interés y entusiasmo,

recuperando y terminando de consolidar la gran familia transgeneracional y transversal

que es ahora el eurofanato, cuya raíz existencial siempre ha estado en la diversidad y la

tolerancia hacia un mundo más abierto y menos restrictivo donde todo cabe (aunque no

todo valga) respecto a la dimensión artística que este certamen lleva acumulando desde

hace 68 años. Hecha la digresión, este año, la victoria de Nemo, tan significativa como la

de Dana International por Israel, la de Marija Šerifović por Serbia y la más reciente de

Conchita Wurst por Austria (Copnehague 2014), consolida el andamiaje sobre el cual el

Festival ha resucitado y reavivado el fuego de esa pasión que cada año provoca, tanto ya

en sus seguidores como en dimensiones mucho más allá del propio certamen. La UER

siempre ha sostenido que el Festival es un evento apolítico, lo cual no es cierto. Si

tenemos en cuenta lo que socialmente han supuesto los triunfos antes mencionados y las

conquistas a las que dichos hitos han contribuido se cae de maduro que esa afirmación es

más una cuestión cosmética que otra cosa, sobre todo en esta edición, en la que se la

han visto las costuras a esa vieja Eurocasta de siempre. En cualquier caso, Nemo,

rompiendo todos los códigos, presentó un tema de una alta dificultad interpretativa. The

code como canción toma múltiples elementos e influencias: desde los guiños mozartianos

a la Flauta Mágica, pasando por el género musical, envolviéndose en ropajes de hip-hop,

para proseguir introduciéndose en territorios musicales que requieren por parte del artista

una extraordinaria solvencia. Nemo cumple con creces estas y otras cualidades que lo

hacen destacable, haciéndolo único en su especie hasta el momento. Su llamativo

atuendo, que bien podría guiñarle el ojo de modo desafiante a aquel que luciera Céline

Dion en Dublín en 1998, o incluso, si me apuran al primer clasicismo de Lys Assia en

aquel ya tan lejano festival de 1956 celebrado en Lausana, combinado con una puesta en

escena minimalista en la que esa simbólica y crucial peana oscilante que le hace el juego

al que Nemo entra con excelencia han elevado esta participación al nivel de icono (o

ícono, según los más cultes) para los restos. The code transita por diferentes estilos que

se consagra en una explosión, diríamos, casi techno-barroca, de farinellístico virtuosismo,

pide por parte de su intérprete una solvencia artística poco común para quien ose

acometer tamaña empresa. En este caso, Nemo, como hemos dicho, lo borda.

Indudablemente, Suiza, como país neutral, regresa al Festival poniendo orden y sentando

las bases de lo que podría anunciarse como una nueva etapa en la historia del Festival.

Tercer triunfo para el país fundador de este milagro musical que representa en todo su

conjunto el fenómeno eurovisivo, haciéndolo único en su especie. Podría seguir

comentando aspectos más puntuales de esta participación, pero dada la longitud que ya

lleva esta crónica, tal vez sea mejor ir aparcando por aquí muchos de ellos, tal vez con el

ánimo de generar diferentes piezas y artículos relacionados. En definitiva, muy bien por

Nemo, por su acertada propuesta y su más que demostrado compromiso por la causa,

compartida este año con Bambie Thug por Irlanda, de visibilizar y demostrar que en

Eurovisión todo el mundo tiene cabida, siempre y cuando se trate de avanzar y no de

retroceder. Merecidísimo triunfo el de Suiza.


22. Eslovenia Veronika (Raiven) 27 votos. 23º puesto




Eslovenia, país dentro de lo que cabe discreto en su historia eurovisiva presentó

este año a la bellísima cantante Raiven con la canción Veronika. Ataviada con un ceñido

outfit que podría incluso engañar al ojo (parece casi un body-painting) con una sensual y

carnal puesta en escena que podría haber firmado en sus tiempos gloriosos la gran

Mónica Naranjo, defendió un tema interesante, aunque tampoco demasiado notorio. Sin

embargo, hay que recordar que Eslovenia obtuvo sus dos mejores clasificaciones en 1995

en Dublín con la cantante Darja Švajger (que repetiría en Jerusalén en 1999, en inglés en

aquella ocasión) y la balada clásica Prisluhni mi, y en 2001 en Copenhague con Nuša

Derenda y su Energy obteniendo en ambas ocasiones un 7º puesto. Es conocida la

tradición musical de este pequeño país balcánico, de todos los que en aquella infame y

fratricida contienda de mediados de los noventa de algún modo menos sufrió. También

con una trayectoria errática, aunque normalmente reconocible en sus propuestas, aún

persigue el triunfo con tenacidad. Veremos que pasa en el futuro.


23. Croacia Rim Tim Tagi Dim (Baby Lasagna) 547 votos. 2º puesto




Favorita desde el minuto uno, Croacia se la jugó a ser un poco Käärijä (Finlandia,

Liverpool 2023) y un tanto Wig Wam (Noruega, Kiev 2005). Lo cierto es que la canción

croata partía con todas las fórmulas necesarias como para haberse alzado con el gran

premio este año, pero claro, siendo un tema potente, recordaba a cosas ya escuchadas,

aunque bien combinadas. Sin embargo, la puesta en escena y el despliegue de energía y

entusiasmo en su interpretación la hicieron valedera de disputarle a Nemo el ansiado


trofeo. Sinceramente, en opinión de quien les escribe, hubiera sido un punto que Croacia

terminara venciendo con este arrollador tema, entre folk-ska (que en ocasiones recordaba

a nuestro levantino Chimo Bayo) pero se quedó ahí, arañando esa excelencia que en sí

no terminaba de alcanzar; pero casi por justicia eurovisiva, es de calle una de las mejores

propuestas que el país balcánico ha enviado al Eurofestival. Croacia, desde su debut en

1993 con el grupo Put y su Don’t ever cry ha estado en seis ocasiones en el top 10, a

saber: un 6º puesto en 1995 (Dublín) con Nostalgija de Magazin & Lidija; un 5º puesto en

Birmingham (1998) con Danijela y la maravillosa canción Neka mi ne svane; dos 4º

puestos en 1996 (Oslo) con Maja Blagdan y la espléndida Sveta ljubav, y en 1999

(Jersualén) con Doris Dragović y su Marija Magdalena; un 9º puesto con Goran Karan en

Estocolmo (2000) y su Kad zaspu anđeli; y finalmente un 1oº en Copenhague (2001) con

Vanna y Strings of my heart. Croacia es de esos países a los que se les ve intenciones

más que sobradas de ganar el Festival, pues su plataforma de exposición musical, el

Festival Dora, que cada año designa al representante de la HRT (la tele croata), ofrece

cada año perlas que nos dan buena muestra de la riqueza musical que se encuentra en

esta zona de Europa y que merece ser explorada con atención. Ganadora moral,

subcampeona, Croacia ha encajado su 2º puesto (el mejor de su historia) con la digna

altura de un país que está llamado a protagonizar en unos años un gran triunfo para el

orbe balcánico. Una gran propuesta la de esta ocasión, cuyo resultado esperemos no

desinfle su ilusión por conseguirlo en el futuro.


24. Georgia Firefighter (Nusa Buzaladze) 34 votos. 21º puesto




La historia de Georgia en el Eurofestival es curiosa. Debutó en Helsinki (2007) con

la cantante Sopho y su Visionary Dream, canción cargada de intenciones y de una

sorprendente factura, en la que quizá haya sido su más recordable actuación, pero no lа

más memorable. Siendo de esos países que andan en búsqueda de su hueco estilístico,

no obstante en su corta andadura, se han posicionado en torno entre los 15 primeros de

la tabla clasificatoria en la mayoría de las ocasiones. Siempre presentando canciones en

inglés, por aquello de equipararse al imperio musical de lo gustable, sus exploraciones e

indagaciones en el ámbito musical europeo les han granjeado expectativas que, a no ser

que empiecen a replantearse ciertas cuestiones, auguro (es mi opinión), no les dará

muchos éxitos. Este año tiraron de fórmula euronancista con la canción Firefighter, que

bien podría haber firmado cualquier reciente Chipre, con un resultado como para

mirárselo. De todas formas, será Georgia de esos países que cuando encuentren su

genuino camino musical puede dar mucho de sí. Valentía no les falta, desde luego.


25. Francia Mon amour (Slimane) 445 votos. 4º puesto.




El gran Slimane, LA VOZ de este año (con atuendo ciertamente raeliano) captó

como nadie los corazones del eurofanato con su soberbísima balada Mon amour. Uno de

esos temas genuinamente franceses, como los más recientes S’il fallait le faire de Patricia

Kaas en 2009 (Moscú), o el Voilà de Barbara Pravi en Rotterdam (2021), que erizan los

pelos del interior de la piel de uno; temas todos ellos con esa fuerza atávica de la gran

tradición baladística gala que luego se hacen monumento y de las que en Eurovisión ya

estamos bien entrenados, afortunadamente. Se echaba de menos por Francia (miembro

del selecto Big Five) un tema como este (no me voy a detener en sus logros, hallazgos e

historia eurovisiva, lo cual daría para un artículo exclusivo tan extenso o más que este en

la historia de la música europea, siempre a pies juntillas de lo eurovisivo, sobre el cual su

tradición musical moderna ha explorado lo suyo, con sus aciertos y sus fracasos). Se

echaba de menos, sobre todo para los eurofans nostálgicos, como yo, de esos que

buscamos en la maraña eurovisiva esas joyas que uno nunca pensaría encontrarse entre

tanto barro. Pero así es. Y así fue. Slimane con una propuesta escénica luminosamente

melancólica, con ese golpe de efecto a capella, que de no haber sido por el spoiler de la

segunda Semifinal, hubiera rendido a sus pies a todo el mundo, defendió un hermosísimo

y catedralicio (notredámico) tema de amor, que de estar Aznavour vivo se hubiera

postrado ante él, acometió con sobria inteligencia escénica una actuación memorable que

creo que quedará para los restos, a pesar de las dificultades que experimentó en los

ensayos por cierta fatiga que impone el maremágnum organizativo del Festival. Sin

embargo, y aunque se le notaban aún resabios de ese cansancio, bordó un tema que a

ver quién lo canta. Chapeau por él y por el gozo musical que nos brindó.


26. Austria We will rave (Kaleen) 24 votos. 24º puesto




Kaleen fue la encargada de cerrar tamaño evento. No pudo haber mejor colofón a

toda esta fiesta musical, lo cual tal vez la perjudicó en su clasificación. De todas formas,

La rave austríaca nos cogió aún oxigenándonos del pellizco cardíaco que nos había

dejado Slimane. Como Finlandia, la propuesta de Kaleen era meramente funcional, es

decir, sirvió como bálsamo a las gravedades e incluso descarga de tantas emociones

encontradas. Quienes frecuenten las pistas de baile se encontrarán seguramente con este

tema, desapercibidamente familiar, pero que harán «levantar los bracitos» y dejarse llevar.

Una cosa más de lo centroeuropeo, proviniente de un país con amplia tradición en el

Festival, cuyo mayor hito reciente ha sido y será su segundo triunfo, el de Conchita Wurst,

porque el de Udo Jürgens en 1966 (Luxemburgo), la verdad, ya en nada está vigente.

Austria es de esos países que también merecerían un artículo aparte, aunque si bien

musicalmente en Eurovisión han aportado alguna cosa memorable, discreta y

pecaminosamente revisitable al Festival, lo cierto es que completa la cota de veteranía.

Pero se la nota fatigada ya. En fin, veamos que ocurrirá en los derroteros próximos de la

andadura de Eurovisión, 56 años ya aportando sus cositas.

Y para terminar, debo confesar que esta ha sido la crónica más ardua que he

acometido en años del Festival de Eurovisión, una de mis grandes pasiones vitales. Hacía

tiempo que no disfrutaba tanto del certamen. Pero esto es así, el cúmulo de altas y bajas

pasiones se dan cita cada año (un único sábado al año) que hacen que uno esté

pendiente de lo que pasa. Y lo que pasa es lo siguiente, y aquí, ya que el artículo es

excesivo y largo, me lanzo a tumba abierta. El triunfo de Nemo es necesario, como

también lo es la expulsión sine die de Israel, quien no debe hacernos cómplices del

blanqueo de su genocidio doméstico (desde hace décadas). Este año nos ha hecho al


eurofanato replantearnos muchas cosas, entre ellas el valor de lo que representa este

Festival. No nos engañemos, no nos dejemos engañar. El Festival de la Canción de

Eurovisión, quieran o no sus directivos (prueba de ello fueron los sonoros y merecidos

abucheos a su CEO —lo que antes se llamaba Consejero Delegado— Martin Österdahl)

tiene que hacerse una buena limpieza. La dimensión real que este certamen ha tomado

implica que sí, que reconozcamos de una vez por todas que este Festival es político.

Intentar separar la cultura de lo político es una hipocresía; otra cosa muy distinta es el uso

que se haga de ello. Si por política hemos de entender que este certamen es escenario

reivindicativo de causas personales, locales, sociales, universales; si este certamen no ha

sido nunca político, miente en sus propias raíces. Lo que no hemos de consentir nunca es

el cinismo ni sus diversas varas de medir. Eurovisión, desde que tengo uso de razón es la

sinrazón que me incluye en este mundo diverso, vertiginoso, cambiante. Es un «lugar»

donde residir, de genuina hospitalidad, no de hostilidad. Es el único remanso de paz,

ilusorio sí, lo admito, en el que las identidades (nacionales, sociales, políticas,

individuales) se miden con la solidaria acogida de un encuentro multicultural donde todo

tiene cabida, y en ese todo incluyo hasta la barbarie. Pero en su esencia, lo que para

muchos representa este evento anual es la inclusión, el escenario libre de expresión en el

cual lo que se expone ha de ser siempre un número que sume, no el que reste ni divida.

Cada cual somos de nuestro padre y de nuestra madre, pero si hay algo por lo que

merece la pena una pasión es este evento que poco a poco se va extendiendo, como

brazos o alas que nos cobijan y nos delatan en nuestras fortalezas y debilidades. Como

decía la canción de Reino Unido (Dublín 1997) Love shine a light. Hasta el año que viene.

 
 
 

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