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Crónica de Aguere Cultural por Adrián Imagina





Todavía con muchos meses por delante para la celebración de diversos festivales y conciertos ya programados para este año en Canarias, es difícil determinar cuál va a ser el más aclamado o el más esperado por los amantes de la música en directo. Aunque, si tuviésemos que destacar uno en este primer trimestre de 2026, sería este en la noche del 7 de marzo en Tenerife, por sus cuatro bandas en una misma cita incluso de carácter internacional. Dos de ellas traídas de Reino Unido: Witch Fever y HotWax, esta última encuadrada a principios de julio en el cartel del próximo Mad Cool en Madrid, compartiendo lineup el mismo día con Foo Fighters y Moby, entre otros.

A estas dos formaciones sumamos, en la ciudad lagunera, a dos bandas nacionales: la barcelonesa Medalla y la grancanaria Maremotus. Todo ello en el Aguere Cultura de La Laguna, lugar de peregrinación habitual de seguidores de todas las islas de la música alternativa, y gracias al esfuerzo de su promotor, Planet Caravan, que ya nos tiene habituados a veladas de este tipo con bandas emergentes que luego, a los pocos meses, dan el “pelotazo” en diferentes festivales.

Con todo ello nos propusimos dar el salto a la isla vecina, y directamente a la ciudad de los adelantados, lugar que me ha ganado desde hace ya décadas y para el que siempre busco una excusa con tal de visitar sus laberínticas calles y rebuscar en alguna que otra tienda de música, únicas en el archipiélago. El clima, el que más me gusta… mucho frío. Durante el día rara vez superaba los 16 grados. Ya avanzada la tarde, y con el termómetro con tendencia a bajar de los 10, acudíamos al Aguere puntualmente, cosa que se hizo esperar con la primera banda, Maremotus, procedentes de la isla “redonda”.

Y aquí he de entonar el mea culpa, ya que todavía no los había visto en vivo, viniendo del mismo sitio. Sin prácticamente público en la platea, que esperaba en los aledaños apurando las primeras cervezas, empezaron el concierto y no tardaron en pasar escasas estrofas para que, sigilosamente, la sala se fuera llenando de hambrientos del sonido contundente.

Con un aire noventero a nivel melódico, estaba enfrente de una formación bien armada, con una ejecución trabajada. Me llamaron mucho la atención las líneas de batería, nada convencionales y bien sostenidas, haciendo caminar al grupo con solidez. Las líneas de guitarra me alejaban de los 90 y me hacían sumergirme en un sonido más metalero, incluso en ocasiones cercano a estilos como el nu-metal o el rock alternativo. Armonías arpegiadas muy ambientales creaban esa atmósfera más propia de Deftones; incluso por las “rastas” del guitarrista principal se delataba de qué palo iba su lenguaje musical.

Un sonido alejado del rock clásico para entrar en una parcela entre Seattle y Iowa. En la voz sí me tiraba hacia Eddie Vedder, de Pearl Jam: muy buen registro, donde las melodías parecían haber sido creadas por el mismo frontman. Quizás estoy en lo cierto, flotando la voz sobre los arpegios hipnóticos de la guitarra.

La noche parecía empezar de una manera inmejorable, con una hora de Maremotus que se me hizo corta, y con un público que ya entraba en calor aplaudiendo la profesionalidad del cuarteto. Sin prácticamente tiempo para refrescar el “gaznate”, ante la buena gestión de la organización entre concierto y concierto, le tocaba el turno a los catalanes Medalla.

Cambio de tercio con un estilo de rock más “callejero”, con letras que no dejaban títere con cabeza por sus mensajes al sistema, cosa que dejó clara en uno de los primeros comentarios de su líder al público, afirmando que ellos eran una banda española. La energía se apoderó de la sala con un ritmo vertiginoso por lo rápido del metrónomo.

Con un guitarrista que estaba más por los aires que en la propia tarima, nos regalaba infinidad de saltos que hacían las delicias de los fotógrafos allí presentes. Una formación con letras directas, incluso recordando un poco al ska punk o al rock patrio de factura contundente.

La voz tomaba todo el peso y llevaba la batuta del mensaje, con mucho texto al que estar atento. Con una buena vocalización, te llamaba a seguir el hilo de lo que te estaba narrando. Sin apenas darte cuenta, la hora destinada a Medalla se esfumaba como un golpe de mortero, y con ganas de romperlo todo, musicalmente hablando.

Aquí pasábamos a la primera de las bandas anglosajonas: HotWax. El grupo más joven de la noche, no superando ninguno de ellos los 25 años y apenas con cinco años de trayectoria. Originarios de St. Ives, Cornualles, lo más al sur de Gran Bretaña, formaban un power trio poseedor de un estilo sin muchas pretensiones inicialmente, pero viniendo de donde vienen y con las edades que poseen en la actualidad, se me antoja uno de esos proyectos británicos que evolucionan hacia tendencias más complejas y escalando cotas superiores; ejemplos recientes como Calva Louise o Marmozets.

Aun así, con su primer trabajo en el mercado, tienen varios temas muy “hits” que se te quedan pegados en bucle en la sesera, y con una puesta en escena muy divertida y fresca, donde incluso su líder femenina, Tallulah Sim-Savage, se inmiscuía en el público mientras cantaba y se tiraba por los suelos.

Todo ello con Lola Sam, su bajista, dando giros por todo el escenario, con unas líneas en las cuatro cuerdas muy post-punk, cubriendo las idas y venidas escénicas de la frontgirl y su show particular. Pudimos mantener unas cortas palabras con ellas, sobre todo por su próxima actuación en el Mad Cool, y estaban contentas de tocar y compartir espacio con todas esas grandes bandas en un día que goza como el mejor lineup del festival: The Warning, Foo Fighters o Wolf Alice compartirán cartel con HotWax.

Tras el trío punk, nos quedaba la banda de Manchester Witch Fever, un cuarteto formado por tres chicas y un chico, y con un carácter más oscuro que las anteriores, donde también abordaban un discurso reivindicativo, sobre todo llevado al tema feminista. Con una líder muy expresiva que encaraba al público con sus palabras, recordando en ocasiones a Zack de la Rocha, ante su ceño fruncido y gritos de rebeldía con el brazo en alto.

A mi parecer fue el concierto más corto de la noche —o se me volvió a quedar corto el disfrute—, pero la formación terminaba y rápidamente encendieron las luces para invitarnos a salir, quizás normas del guion.

Disfrutamos de cuatro horas de música original, sin covers ni tributos, con creadores de fuera tanto de las islas como del país, y con un sonido a buen nivel en un espacio que esperemos que siga por muchos años con estas tendencias e iniciativas.

Por otro lado, también con la reflexión de que había visto a músicos muy jóvenes haciendo música mal llamada “old school”, y aunque es una pequeña representación, soñemos con un cambio de tendencia hacia generaciones que vienen pisando fuerte y a las que les gusta chillar alto dando un puñetazo sobre la mesa. Que si la música sirve de algo es para cambiar las cosas, y lo de “yo perreo sola” lo dejemos atrás con los de cristal.


Adrián _ imagina



 
 
 

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