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Crónica de: Golden Piano Stories (Fimucité) por Gara Lacaba



Las luces del Teatro Leal se atenúan y, por un instante, el tiempo parece detenerse. El murmullo del público desaparece, las conversaciones quedan suspendidas y el piano espera en el centro del escenario como si también conociera la historia que está a punto de contar. El teatro, completamente lleno, no tarda en comprender que la propuesta de Golden Piano Stories, dentro de la programación de FIMUCITÉ, no consiste únicamente en interpretar bandas sonoras. Bajo las manos del pianista y compositor polaco Aleksander Dębicz, uno de los músicos más destacados de su generación.




El viaje comienza con Pinocchio. Las primeras notas de Leigh Harline, Paul J. Smith y Ned Washington, enlazadas con el inconfundible motivo del logotipo de Disney, tienen la capacidad de despertar un lugar que todos conservamos intacto. No importa la edad. Durante unos minutos vuelven los cuentos, los domingos frente al televisor, las cintas de vídeo gastadas y la sensación de que el cine podía enseñarnos a creer en cualquier cosa.


Sin abandonar ese territorio de la infancia aparece Mary Poppins. Los hermanos Sherman escribieron hace décadas una música que sigue caminando con la misma ligereza con la que Julie Andrews descendía del cielo sujetando su paraguas. Sobre el piano, aquellas melodías encuentran otra textura, más íntima, como si el recuerdo hubiera perdido el brillo de la nostalgia para quedarse únicamente con la emoción.


El relato cambia de tono casi sin avisar. La delicadeza deja paso a la tensión psicológica de Spellbound, donde Miklós Rózsa demuestra que el miedo también puede construirse desde la elegancia. Después llega The Bridge on the River Kwai, de Malcolm Arnold, y el paisaje cambia de nuevo. La música deja entrever el peso de la guerra, la resistencia y la dignidad de quienes siguen caminando incluso cuando todo parece derrumbarse.


Con Exodus, Ernest Gold devuelve al concierto ese aliento épico que convirtió su partitura en una de las grandes referencias del cine clásico. No necesita imágenes para desplegar toda su fuerza. Basta escuchar unas pocas frases musicales para comprender que algunas composiciones poseen la rara virtud de narrar por sí solas. Entonces el piano cambia de registro una vez más. Dos notas bastan para reconocer el peligro. Jaws, de John Williams, continúa siendo uno de los ejemplos más brillantes de cómo la sencillez puede convertirse en tensión absoluta. A su lado aparece The Omen, de Jerry Goldsmith, demostrando que el terror también puede expresarse desde caminos completamente distintos. Una conversación entre dos maestros que transformaron para siempre la forma de escuchar el miedo en el cine.


Y cuando parece que la oscuridad ha ocupado todo el escenario, llega la luz, E.T. the Extra-Terrestrial devuelve la inocencia con una de las melodías más emocionantes jamás escritas por John Williams. Es imposible no pensar en aquella bicicleta cruzando la luna, en la amistad, en la despedida y en esa capacidad del cine para explicar sentimientos que a veces las palabras no alcanzan.


Pero Golden Piano Stories no solo habla de películas. También habla de quien las interpreta. Entre una obra y otra, Aleksander Dębicz fue compartiendo pequeñas historias de su propia vida, estableciendo un diálogo cercano con el público. Recordó cómo vio The Lion King junto a su padre cuando era niño, convirtiendo aquella partitura de Hans Zimmer en un recuerdo familiar antes incluso de interpretarla. En otro momento, el característico clima lluvioso de La Laguna se convirtió en motivo de un comentario cargado de humor que arrancó la complicidad del teatro. Esa naturalidad terminó siendo uno de los grandes aciertos de la velada: el pianista no solo interpretó música, sino que permitió al público asomarse a los recuerdos que la habían acompañado a lo largo de su propia vida.




La segunda parte del concierto se adentra en un cine más contemporáneo. Trent Reznor y Atticus Ross aparecen con The Social Network, donde cada nota parece dibujar la soledad tecnológica de nuestro tiempo. Después, Alexandre Desplat despliega dos de sus universos más personales con The Grand Budapest Hotel y The Shape of Water. Dos películas radicalmente distintas unidas por la sensibilidad de un compositor capaz de escribir música que respira con la misma elegancia que las imágenes para las que fue creada. El recorrido continúa con The Brutalist, de Daniel Blumberg, una muestra de que el presente también está dejando partituras destinadas a permanecer, antes de desembocar en Sinners, de Ludwig Göransson, encargada de cerrar el programa oficial con una escritura poderosa y contemporánea.


Los aplausos, sin embargo, todavía reclamaban un último capítulo. Como primer bis, el pianista rindió homenaje a Diego Navarro interpretando la música de Oscar: una pasión surrealista. Fue uno de esos momentos que adquieren un significado especial dentro de un festival como FIMUCITÉ, donde la creación cinematográfica y el talento de sus compositores encuentran siempre un espacio privilegiado. Después llegó la sorpresa definitiva: el estreno de una composición propia, compartida con un público que respondió desde el primer momento con una atención casi reverencial.




Quizá esa sea la mayor virtud de Golden Piano Stories. No pretende explicar la historia de la música de cine ni ofrecer una exhibición de virtuosismo. Propone algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más difícil: recordar que las películas también construyen nuestra memoria. Que detrás de cada banda sonora hay una etapa de nuestra vida, una persona con la que compartimos una butaca, un cine que ya no existe o una emoción que creíamos olvidada.


Al abandonar el Teatro Leal de La Laguna, la leve lluvia seguía acompañando la noche, pero las melodías continuaban resonando con esa extraña capacidad que solo poseen las grandes bandas sonoras: la de seguir sonando mucho después de que el piano haya guardado silencio.


Gara Lacaba Toledo









 
 
 

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