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Juan Puerta y Los Picaportes por Adrián Gómez




Diez años cumple la formación inclasificable que destruye cualquier parámetro aplicable al directo que se puede catar por éstas latitudes.

" Bienvenidos a una noche de rock and roll", avisa Johnny al principio de la velada, y cumplen con la advertencia. Cuando un servidor los vió por primera vez, tiraban por el surf rock y el psychobilly anárquico. Eso no ha cambiado, pues el espíritu punk se ha apoderado de ellos, pero no olvidan esos orígenes. En su batidora cabe de todo, desde el Long Tall Sally de Little Richard, hasta Land of the 1000 dances, de Wilson Picket; desde Perlas ensangrentadas de Alaska y Dinarama, hasta una incendiaria versión del Fire Hendrixiano. Así pues, el Lone Star, verdadero templo de la música del diablo en la capital, está que arde. El combo cuida bien a la parroquia, y sortea, en medio de la tocata, merchandising de la banda. El humor y el rock se dan las manos, mientras el vocalista cuelga la Gibson y se mete entre el público. Entre tanto, ya ha sonado material propio, como Golpe del destino, La cita o Amor roto. No sólo el guitarra solista es un fuera de serie ( Olvidémonos del Twang¡), sino que la base rítmica es una auténtica locomotora. Aquí no hay respiro, y el líder parece poseído, a veces por Lux Interior, otras por David Johansen o Esquerita. Todo entra en la ecuación, siempre con criterio. Por último, no dicen adiós, sino Link Wray. Pues eso. Despedida con San Chuck Berry. Johnny se bueno, entre el público, con Pseudo-pogo, percusión básica y decibelios sin pàrangón. Fin de fiesta. Han pateado culos y lo saben.

A por el próximo decenio igual de bien. Otra banda que merece mayor reconocimiento por éstos lares  (y allende los mares) . Menos auto-tune y más seis cuerdas¡.


Adrián Gómez Alonso.








 
 
 

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