Reseña de "Arrebato" (En Isla Calavera) por Gara Lacaba
- Tenebris

- 10 nov
- 4 Min. de lectura

Arrebato es una de las obras más singulares y radicales del cine español. Dirigida por Iván Zulueta y estrenada en 1979, se ha consolidado como una película de culto, admirada por su mirada introspectiva y su capacidad para capturar el espíritu convulso de una época. Con el paso del tiempo, ha dejado de ser un objeto marginal para convertirse en un referente indispensable dentro de la historia del cine de autor y la contracultura española.
Zulueta construye un relato que se desmarca de toda estructura narrativa convencional. La película narra la historia de José Sirgado (Eusebio Poncela), un director de cine de serie B atrapado en una crisis creativa y personal, marcada por la dependencia a la heroína y el desencanto. Su encuentro con Pedro (Will More), un joven excéntrico obsesionado con filmar en Super 8, desencadena un proceso en el que la realidad y el delirio se mezclan. A través de la cámara y del misterioso “fotograma rojo”, Pedro busca una forma de revelación absoluta, una experiencia de comunión con la imagen que lo conduce al límite de la desaparición.
El cine, en Arrebato, no es solo un medio de expresión: es una presencia devoradora, una fuerza que atrae y destruye a quienes intentan poseerla. El “arrebato” al que alude el título se presenta como una metáfora del deseo artístico llevado a su extremo, un éxtasis que se confunde con la autoinmolación.
Una de las pasiones más profundas de Iván Zulueta fue el cine de terror, y Arrebato puede entenderse como la materialización de su sueño de realizar, a su manera, una película de vampiros. Sin recurrir a los códigos tradicionales del género ni a figuras icónicas como Drácula (su gran referente), Zulueta trasladó al terreno de lo simbólico los elementos sensoriales y espirituales propios del mito vampírico. En su película, el proceso de vampirización no lo ejerce un ser sobrenatural, sino dos fuerzas igualmente absorbentes: la cámara y la droga. La cámara Super 8 actúa como un vampiro moderno que extrae la vida de quienes filma, atrapándolos en los fotogramas y concediéndoles una forma de eternidad dentro de la emulsión fílmica. La heroína, por su parte, envenena los cuerpos de los protagonistas, distorsiona su percepción del tiempo y los encierra en una infancia emocional de la que nunca logran desprenderse. Ambos elementos (imagen y sustancia) succionan la energía vital de José y Pedro, confundiéndose hasta volverse indistinguibles entre adicción y entrega.
Las interpretaciones sostienen el tono ambiguo y perturbador de la película. Eusebio Poncela ofrece una actuación contenida pero profundamente intensa, marcada por el desgaste emocional de un personaje que vive entre la lucidez y la adicción y la desesperacion de su crisis existencial. Will More encarna con naturalidad esa obsesión febril del creador que se consume a sí mismo en su búsqueda de sentido. Cecilia Roth, en uno de sus primeros papeles importantes, aporta autenticidad la cual representa el deterioro emocional y físico de una relación que atraviesa por la dependencia y la desesperanza.

Zulueta refuerza la densidad emocional de su propuesta mediante una estética envolvente. El uso del Super 8, los flashbacks y las grabaciones caseras construyen una atmósfera inquietante que une las fronteras entre lo real y lo imaginado. La textura granulada de la imagen, los contrastes de luz y los silencios prolongados dan a la película un tono casi hipnótico, donde la cámara parece tener vida propia.
Más allá de su dimensión estética, Arrebato se plantea en un contexto histórico decisivo. A finales de los años setenta, España atravesaba un periodo de transición política y cultural tras la dictadura. En ese escenario emergieron nuevas formas de expresión ligadas a la libertad, la experimentación y la marginalidad. La película de Zulueta refleja ese impulso contracultural y anuncia muchos de los rasgos que, poco después, definirían al llamado "cine quinqui".
El vínculo entre Arrebato y el cine quinqui no es directo en términos de género, pero sí en espíritu. Mientras los realizadores quinquis como: Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma, se centraban en el retrato de la marginalidad social y juvenil, Zulueta exploraba una marginalidad interior: la del artista alienado por su propio deseo de trascendencia. Ambos universos comparten una misma idea autodestructiva, una fascinación por la vida al límite y una estética que muestra la crudeza de la realidad. En ese sentido, Arrebato puede leerse como un antecedente espiritual de ese cine, una obra que inaugura una mirada distinta sobre la juventud perdida y el exceso.

Las primeras críticas fueron ambiguas: su carácter experimental al público de la época. Sin embargo, con el tiempo se convirtió en una referencia del cine de culto español. Críticos y estudiosos han descrito Arrebato como “cine en carne viva”, un proyecto arriesgado, visceral y deliberadamente incómodo. Su capacidad para romper las fronteras entre lo narrativo y lo sensorial, entre la adicción y la creación, la ha mantenido vigente durante décadas.
La influencia de Arrebato es profunda y persistente. Se percibe en cineastas posteriores que, desde distintas sensibilidades, han retomado su herencia estética y conceptual: Pedro Almodóvar cuyo universo comparte con Zulueta la devoción por el exceso y la exploración del deseo, así como autores contemporáneos que han reivindicado la libertad formal y la mezcla entre lo autobiográfico y lo fantástico. También dejó huella en la cultura visual de la movida madrileña, de la que Zulueta fue figura clave, y en la consolidación de una modalidad artística que se atrevió a mostrar la belleza de lo marginal.
Arrebato sigue siendo, más de cuatro décadas después, una película difícil de encasillar. Es un manifiesto sobre la potencia y el peligro del arte, una historia sobre la fascinación que ejerce la imagen y la imposibilidad de escapar de su influjo. Zulueta filmó la obsesión con estilo poético. Su legado trasciende su tiempo: continúa interrogando al espectador sobre los límites del deseo, del arte y de la vida misma.
Gara Lacaba Toledo






Comentarios