top of page
pizarra
Buscar

Reseña de "Disforia". Festival isla calavera. Por Gara Lacaba



ree


La pesadilla del hogar y la erosión del yo

En un panorama saturado de fórmulas predecibles dentro del cine de terror contemporáneo, Disforia emerge como una pieza inquietante, visceral y profundamente incómoda. Dirigida por Christopher Cartagena, quien firma también el guion junto a Joan-Pol Argenter sobre la novela homónima de David Jasso, esta ópera prima española se adentra en los pliegues más oscuros de la mente humana y del tejido social contemporáneo. Lejos del susto fácil o la pirotecnia del género, Cartagena construye una experiencia opresiva y emocionalmente extenuante, en la que el terror nace del derrumbe de la identidad y del hogar como espacio seguro.


Un refugio convertido en trampa

La historia sigue a Esther (Fariba Sheikan) y Tomás (Eloy Azorín), una pareja que huye de una ciudad desbordada por el caos y la violencia, buscando refugio junto a su hija Say en una casa rural que planean vender para escapar a Francia. Desde su premisa, Disforia plantea un escenario postcolapso, una España devastada por la crisis social y moral, donde la supervivencia se confunde con la deshumanización. Pero pronto la película tuerce su rumbo: Tomás desaparece misteriosamente y una figura desconocida, interpretada con magnetismo por Claudia Salas, irrumpe en la casa. A partir de ahí, el relato se convierte en una espiral de paranoia, violencia y descomposición psicológica.

El guion se mueve con destreza entre el thriller psicológico y el home invasion, aunque Cartagena se guarda siempre un as bajo la manga. La tensión no proviene tanto de lo que ocurre, sino de lo que no se dice, de lo que se intuye en los silencios, en las miradas y en los espacios vacíos. El espectador se ve arrastrado hacia un laberinto donde la violencia no busca ser catártica, sino reveladora: el miedo a desaparecer, el peso del secreto y la fragilidad de los vínculos humanos en un entorno que ya no ofrece certezas.




Un terror que no grita, sino que respira

La fotografía de Jorge Roig refuerza magistralmente esa sensación de encierro. Los interiores parecen absorber la luz, como si la casa rural fuera un organismo vivo que digiere lentamente a sus habitantes. La cámara se mueve con precisión casi quirúrgica, evitando el efectismo y apostando por un realismo asfixiante. En este sentido, Disforia recuerda a la crudeza de "Funny Games" (Haneke) o a la tensión sostenida de "Llaman a la puerta" (Shyamalan), pero con una sensibilidad claramente ibérica: más terrosa, más emocional, más sucia.

El diseño sonoro y la música de Alberto Torres amplifican esa atmósfera disonante. Los zumbidos, los ecos y los silencios abruptos generan un espacio sensorial que no da tregua, haciendo del espectador un intruso más en la casa. La violencia, cuando estalla, lo hace con una fisicidad que incomoda por su cercanía, no por su espectacularidad. Cartagena entiende que el terror auténtico no está en la sangre, sino en el temblor de quien la ve correr.


El símbolo de la careta: la infancia como espejo del horror

Entre los muchos elementos visuales que refuerzan la atmósfera enfermiza de Disforia, destaca la careta de mono que lleva Say, la hija del matrimonio. Ese objeto, aparentemente inocente, se convierte en el emblema central del film. La careta encarna la pérdida de la inocencia y la animalización del miedo: Say, testigo del colapso del mundo adulto, se refugia tras un rostro que no es humano, sino instintivo, primario. En su gesto de esconderse hay tanto autoprotección como imitación: repite, inconscientemente, la hipocresía y la ocultación que dominan a sus padres.

Pero Cartagena dota ese símbolo de una capa aún más profunda. El mono (figura de la imitación) también hace referencia a la sociedad digital contemporánea, a esa masa que observa y reproduce la violencia desde la distancia, sin comprenderla del todo. En la mirada vacía de la careta se condensa el horror del presente: una infancia que ha aprendido a sobrevivir observando el espectáculo de la crueldad. Así, la careta no solo protege a Say, sino que la niña encarna la verdadera disforia: la imposibilidad de reconocerse en un rostro propio.



ree



Dos mujeres frente al abismo

Uno de los mayores aciertos de Disforia es su enfoque de género. Lejos del cliché de la “final girl”, la película coloca a dos mujeres en el centro del relato, pero no como heroínas ni víctimas arquetípicas, sino como figuras fracturadas, ambiguas y llenas de contradicciones. Claudia Salas ofrece aquí su interpretación más madura: contenida, física y emocionalmente desgarradora. Frente a ella, Fariba Sheikhan encarna la otredad, el espejo distorsionado donde se reflejan los miedos y culpas de Esther.

Esta dualidad femenina se convierte en el verdadero corazón del film. A través de ellas, Disforia reflexiona sobre la disolución del yo, sobre cómo la identidad se corroe bajo la presión del miedo, la violencia y la exposición constante en la era del sadismo digital. Cartagena no teme ser incómodo ni moralmente ambiguo, y esa valentía lo distingue dentro del panorama del terror español contemporáneo.






Eloy Azorín, el detonante invisible

El personaje de Tomás, interpretado por Eloy Azorín, funciona como eje invisible del relato. Aunque su presencia en pantalla es limitada, su sombra recorre toda la película. Azorín dota a su personaje de una ambigüedad inquietante: su desaparición no solo impulsa la trama, sino que simboliza el derrumbe del patriarcado doméstico, el vacío dejado por la autoridad masculina y el surgimiento de un nuevo orden dominado por la incertidumbre. En ese sentido, Disforia no solo es un thriller de supervivencia, sino también una alegoría sobre la reconfiguración de los roles familiares y de poder en tiempos de crisis.




ree


Conclusión: el malestar como lenguaje

Disforia no es una película para todos los públicos, y probablemente ese sea su mayor logro. Es una obra incómoda, imperfecta y profundamente humana. Su estructura puede parecer desigual, pero en esa fisura habita precisamente su autenticidad. Christopher Cartagena no busca hacer una película “bonita”, sino una película verdadera, que se atreve a mirar el horror de frente, sin artificios. En un país donde el terror suele ser subgénero o excusa, Disforia reivindica su poder como vehículo de crítica social y emocional.

Con su estética áspera, su valentía temática y su compromiso con un cine que piensa desde el miedo, Cartagena firma una ópera prima que anuncia a un cineasta con voz propia. Disforia es una herida abierta: no pretende gustar, sino doler. Y en ese dolor, en esa tensión entre lo íntimo y lo apocalíptico, reside su fuerza.


Gara Lacaba Toledo

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page