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Reseña de: "Jane Birkin" de Marisa Meltzer (Editorial Circe). Por Gara Lacaba



Jane Birkin siempre me ha parecido una mujer que caminaba como si pidiera perdón por ocupar espacio. Esa impresión, que durante años transmitieron sus fotografías, su voz aflautada y esa forma tan suya de sonreír mientras la tristeza permanecía refugiada en sus ojos, encuentra sentido entre las páginas de esta biografía de Marisa Meltzer. Desde las primeras páginas se percibe la misma delicadeza que desprendía ella: una delicadeza difícil de explicar, como la luz tenue que entra por una ventana al final de la tarde o el perfume que permanece en un pañuelo mucho después de que quien lo llevaba se haya marchado.

Leer esta biografía se parece a escuchar a Jane hablar en voz baja durante una tarde entera. Poco a poco desaparecen la actriz, la cantante, el icono de moda o la musa que el mundo creyó conocer. Lo que permanece es una mujer de una sensibilidad desbordante, con una necesidad inmensa de sentirse querida y una vulnerabilidad que nunca consiguió esconder. Resulta imposible no preguntarse cómo alguien, considerado uno de los grandes símbolos de belleza del siglo XX, podía contemplarse con tanta dureza. Jane fue profundamente autocrítica con su físico, incapaz de verse con los mismos ojos con los que la miraba el resto del mundo.

Y, sin embargo, esa inseguridad jamás eclipsó la dulzura que desprendía. Su carácter tenía el sabor de un pomelo rosado: primero llegaba una dulzura luminosa y delicada, casi inocente; después aparecía un ligero amargor que no restaba belleza, sino profundidad. Jane poseía una ironía elegante, una inteligencia afilada y una sensibilidad tan intensa que, en demasiadas ocasiones, fue malinterpretada. Quizá ese fue uno de los precios de vivir sintiéndolo todo con tanta intensidad.

Marisa Meltzer consigue apartar el brillo del personaje para acercarnos a una mujer que aceptaba incluso aquello que parecía inaceptable. No porque fuera ingenua, sino porque su capacidad para comprender a los demás era casi infinita. Cuesta encontrar en estas páginas un gesto de rencor. Incluso cuando la vida le ofrecía motivos para resentirse, Jane respondía con palabras amables, con una generosidad que hoy resulta casi extraordinaria.

También emociona descubrir a la madre. Entre grabaciones, conciertos, rodajes y viajes, sus hijas nunca ocuparon un segundo plano. La maternidad no aparece aquí como un capítulo más de su biografía, sino como el lugar al que siempre regresaba, del mismo modo que conmueve comprobar la serenidad con la que afrontó la enfermedad, sin permitir que el dolor le arrebatara aquello que más amaba: seguir encontrándose con el público. Continuó sobre los escenarios cuando muchos habrían elegido retirarse, haciendo de cada concierto un acto de entrega silenciosa.

Y quizá ahí resida la mayor belleza de Jane Birkin. No en haber inspirado el bolso más famoso y codiciado de Hermès, ni en haberse convertido en uno de los grandes iconos de la moda, sino en haber conservado una humildad desarmante cuando el mundo entero la había elevado a la categoría de leyenda. Nunca dejó de parecer una mujer cercana, agradecida y profundamente buena.

Al cerrar el libro, queda la sensación de haber conocido a alguien que nunca terminó de comprender el inmenso amor que despertaba en los demás. Tal vez por eso, Jane Birkin sigue conmoviendo tanto tiempo después. Porque detrás del mito siempre estuvo una mujer que solo quería ser querida.


Gara Lacaba Toledo

 
 
 

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