
Hace unos 30 años, en la edición de 1994 (39ª) celebrada en Dublín, Eurovisión
escribió una de las más memorables páginas en la historia de su Festival por diversas
razones. La primera y principal fue el crisol de nuevos países que pasarían a formar parte
del certamen. Nada menos que 6 debuts pusieron a Europa frente a una serie de
realidades que veníamos arrastrando y silenciando desde hacía tantas décadas. Entre
ellas, el hecho de mostrar que hacia el este, sin contar la Antigua Yugoslavia,
severamente devastada por aquella maldita guerra, el mapa de Europa se ensanchaba. Y
al hacerlo, se nos abría a una serie de descubrimientos que en gran medida contribuyeron
a que el Eurofestival, a partir de aquel año, comenzara a tomar un rumbo meteórico,
aunque jalonado de altibajos, como todo buen camino. La segunda de las razones fue el
triunfo, tercero consecutivo, insólito hasta el momento, de la anfitriona Irlanda con una de
las canciones más bellas que se recordarán de aquella década, la ya clásica Rock ’n’ Roll
Kids, que con elegante gentileza interpretaron Paul Harrington y Charlie McGettigan, al
piano y guitarra respectivamente, sin orquesta (yo diría que por vez primera) sobre el
escenario del legendario Point Theatre dublinés. La tercera razón fue la presentación de
lo que durante décadas se ha convertido en el punto de corte de la música irlandesa
contemporánea, el soberbio espectáculo musical de danza concebido por Bill Whelan
(nada menos que arreglista de What’s another year con la que el australo-irlandés Johnny
Logan aka Mr Eurovisión ganara la edición de 1980 en La Haya, Países Bajos), aquel
rutilante Riverdance que nos puso los pelos de punta y que sigue paseándose por medio
mundo con gran éxito. Sin duda, eran otros tiempos, y la fascinación de aquellos hitos son
ya huella imborrable del sentir de lo que representa para muchos eurofans el Festival de
Eurovisión, sobre todo de quienes ya tenemos una cierta edad y nos ha costado asimilar
la celeridad con que el Festival ha llegado, como digo, 30 años después a provocar ese
nuevo hito, pero con matices e implicaciones tan diversas, que a menudo se nos escapan
muchos de los detalles que exige hoy la atención y alcance de este fenómeno para poner
en cuestión muchos de los modos de entender hoy el mundo.
Agradezco que se me haya permitido este íntimo ejercicio de nostalgia para
empezar esta crónica, el cual creo que viene muy en consonancia con su tono, fondo y
forma, como verán.
Al final, esta crónica no es más que un relato de mis sensaciones acerca de
canciones, intérpretes y otros abalorios con los que nos deleitó la tele sueca (SVT), la de
esverige, este pasado sábado 11 de mayo en el Malmö Arena de esa ciudad. Bien es
cierto que la celebración de la Gran Final de esta 68ª edición venía con algo de mar de
fondo: las protestas en favor del pueblo palestino y en contra de la participación de Israel
en el certamen de este año, por razones más que obvias. Luego las quejas que destilaban
ciertos sectores de la prensa acreditada con respecto a las «prácticas» de la delegación
de prensa israelí destacada en Malmö, tras verterse no pocas acusaciones de acoso y
cierta impune e infame prepotencia, la cual en ningún momento fue atajada por la
organización del Festival, en manos este año de Christer Björkman (cantante y productor
que representó a Suecia en 1992 en Malmö, qué cosas, con la canción titulada "I morgon
är en annan dag" «Mañana es otro día», qué cosas), quien al parecer ha ejercido cierto
férreo régimen con respecto a algunos asuntos internos de la mecánica del festival, tan
enérgicamente denunciados por la prensa como silenciados por la UER. Pero no solo los
bombardeos israelíes sobre la población de Rafah behind the scenes durante la
celebración del evento condicionaron en gran parte el perfil psicológico del festival de este
año. El verdadero crack sucedió tras conocerse la noticia de que el representante de los
Países Bajos, Joost Klein, intérprete de una de las grandes favoritas de la noche, la
satírica Europapa, habría sido descalificado al ser denunciado con motivo de una
presunta agresión (aún no se sabe bien de qué naturaleza) a una miembro de la
organización del festival. Nuevamente, la UER sacando dieces en opacidad, y también en
servidumbres. Sin olvidar que aún coleaba el asunto de la filtración por parte de la RAI (la
tele italiana) de sus datos del televoto de la 2ª Semifinal, de los que se desprendía el
enorme respaldo de la audiencia por la candidatura israelí, lo cual avivó más fuego a la
leña. En resumen, que la cosa venía bien calentita en lo sociológico, pero en lo artístico,
sorprendemente, este año reverdecieron laureles, parafraseando al bueno de Uribarri.
La SVT nos ofreció este año un admirable espectáculo audiovisual a la altura de
eventos de este calado y que los suecos, por lo que hemos visto en ediciones anteriores,
saben hacer muy bien. No por nada, su buque insignia y taller de pruebas es el conocido
y veterano Melodifestivalen, antesala y cantera para Eurovisión. Ya desde las semifinales
todo apuntaba a que este año iba a resultar (como aquel lejano 1994) un punto de corte,
una ruptura de código (valga el guiño) en la andadura del Eurofestival. El minimalista
escenario en forma de cruz y la puntera tecnología de LEDS (ucraniana, por cierto) y la
pantalla, diseño de Fredrik Stormby, desplegada para la retransmisión del certamen y el
acompañamiento de las diferentes representaciones crearon una envolvente atmósfera en
la que cada una de ellas desplegó su propia personalidad, ofreciendo un espectáculo
variado, intenso y muy satisfactorio desde el plano del entretenimiento. En una palabra,
fue una final muy emocionante, como hacía años que no se vivían. Me inclino a pensar
que quizá esa renovada iusión, aunque algo ensombrecida por el contexto, provenga del
rebrote de algo que llevábase tiempo añorado en el festival: lo genuino, conector infalible
entre las personas. Además, esa genuinidad trajo aparejadas la gran calidad de los
intérpretes, cada cual en su ámbito.
01. Suecia Unforgettable (Marcus & Martinus) 174 puntos. 9º puesto.

Quiso la mano de Christer Björkman que el primer país en el orden de participación
(en el argot, running order) fuera Suecia, cómo no. No obstante, los gemelos (condición
sine qua non para montar un dúo musical para el festival —queda pendiente un artículo
sobre «Gemelos en Eurovisión»—), Marcus & Martinus, noruegos ellos, presentaron un
tema muy del gusto nórdico, pegadizo, tecnológico, y con una escenografía que si bien
nos podría retrotaer al magnífico despliegue que acompañó la soberbia Heroes que dio el
triunfo a Måns Zelmerlöw en 2015 en Viena, aun siendo una propuesta tremendamente
eficaz, Unforgettable bebe directamente de la representación sueca de Benjamin Ingrosso
en 2018 en Lisboa y su Dance you off, al menos en la puesta en escena. Podríamos decir,
por eso, Suecia suspende en genuinidad este año: primero por la procedencia de sus
intérpretes (cosa que es en realidad inocua, pero que sirve al juego argumental) y la
flamante similitud con otra actuación anterior. Los suecos, bien proclives al autoplagio, o
autorreferencia constante, en esa espiral solipsista a la que su vigorosa industria del pop
a menudo les lleva, ofrece en Unforgettable un producto musical que se la juega casi todo
a la puesta en escena, ya que la canción, a pesar de su galáctico atractivo, termina
resultando monótona y machachona, efecto que busca sin duda, con algún hallazgo
puntual. Sabiéndose lo que se sabe, parecería que la altura de su novena posición
responde más a cuestiones cosméticas que a criterios puramente musicales. En definitiva,
otra flamante y eficaz suecada.
02. Ucrania Teresa & Maria (Alyona Alyona & Jerry Heil) 453 votos. 3er puesto.

De dúo masculino a dúo femenino. Lo de Ucrania en Eurovisión es un caso
singular. Desde su debut en Riga (Letonia, 2003) con Hasta la vista interpretada por
Oleksandr Ponomariov, Ucrania ya apuntaba rasgos personales muy interesantes. Tanto
es así, que al año siguiente de su debut, Ruslana se haría con el triunfo en la final
celebrada en Estambul en 2004 con aquel Wild Dances. Desde entonces Ucrania ha
procurado, aunque no siempre con éxito, ofrecer propuestas como mínimo originales a la
par que arriesgadas, y debido a ello ocurre que cada vez más nos vamos habituando, por
fortuna, a sus presentaciones. Ha vuelto a ser el el caso en esta ocasión con el
envolvente y ecléctico tema Teresa & Maria. Aunque por momentos podría llevarnos al
tema de Jamala 1944, (segundo triunfo ucraniano en Estocolmo, 2016), lo cierto es que
gracias a la cuidada y espectacular puesta en escena y realización, además del solvente
talento de sus intérpretes, el tema ucraniano consiguió elevarse con elegante impulso y
sin estridencias hacia esas alturas de la clasificación. No obstante, puede que haya quien
diga que también tras la altura de este puesto pueda haber asuntos más cosméticos que
artísticos; pudiera ser, pero percibo que en la buena acogida de la representación
ucraniana por parte de la audiencia lo que menos ha habido es superficialidad.
03. Alemania Always on the Run (Isaak) 117 votos. 12º puesto.

Alemania, miembro de ese club tan selecto como inmune llamado Big Five,
presentó a Isaak, un joven cantante labrado y bregado en esas lides perversas de las
Paradas de Talentos, de donde salen, no lo niego, verdaderos prodigios, pero cuyo
mecanismo consiste a la larga en la conversión del talento en carne picada. Always on the
Run es una canción trepidante, y con las cualidades vocales de Isaak aún resalta más esa
escalada hacia una épica con ecos vagos de un incipiente Springsteen. Siendo un tema
con fuerte carga emocional, creo que Isaak se exige demasiado en intensidad, llegando a
situarse todo el tiempo en un tono tan alto que al final agota, tal vez por abusar de ese
rasgo ronco de su voz para darle más carácter. No obstante, es una buena canción y una
excelente representación la de Isaak por la tele teutona.
04. Luxemburgo Fighter (Tali) 103 votos. 13º puesto.

Desde su última participación en Millstreet, en 1993, con el dúo Modern Times,
hace la friolera de 31 años, Luxemburgo se retiró del Festival. Cabe decir que el Gran
Ducado ostenta en su egregio palmarés 5 triunfos eurovisivos (Cannes, 1961 ; Nápoles,
1965 ; Edimburgo, 1972 ; Luxemburgo, 1973 y Múnich, 1983 ), grandes canciones, clásicas
para cualquier eurofán que se precie de serlo. Que Luxemburgo pasara a la final era tan
previsible como el mecanismo de un semáforo, pues dado el bombo que se le dio, era de
esperar que no se fuera de vacío en su esperado retorno. Para este honor la RTL (la tele
de allí) organizó una preselección, la cual dio a conocer a su representante este año en
Malmö, la joven israelí Tali con la canción Fighter, una desenfadada y rítmica canción con
inconfundibles y afrancesados aires mediterráneos en cuya ejecución vocal se pueden
apreciar rasgos de estilo similares a los de la cantante francesa Zaz. No obstante, la
canción melódicamente resulta agradable y no tarda en quedarse merodeando un buen
rato por la cabeza, contribuyendo a la cota de distensión ambiental, lo cual la hace
merecedora de un discreto 13º puesto.
05. Países Bajos Europapa (Joost Klein) – Descalificado.

La andadura de Países Bajos en esta edición ha sido uno de los grandes
acontecimientos de la historia del Festival de Eurovisión. Nunca se había dado el
precedente de que una representación fuera descalificada a horas de celebrarse la Gran
Final. La presencia de Joost Klein en el Festival estaba abocada a representar parte de
esa realidad soterrada y turbia que por desgracia la UER es poco dada a ofrecer, pero
que desde hace rato se anda sabiendo y callando en no pocos estamentos del ente. En
primer lugar, la candidatura neerlandesa per se venía fuerte con lo que ya se estaba
convirtiendo en un himno contraeurocultural de primer orden (uno de los varios de este
año), Europapa, y claro, una mecha lleva a la otra y al final todo salta por los aires. A falta
de una comunicación exhaustiva acerca de los motivos reales por los cuales la UER
resolvió la expulsión de la candidatura de Países Bajos del concurso, he de decir que ya
partía como absoluta favorita y que probablemente, de no haber ocurrido este lamentable
episodio, es altamente probable que la disputa por los votos hubiera sido aún más
encarnizada, llevándola al triunfo indiscutible. Lástima que el espectáculo de la Gran Final
se ensombreciera por esta desagradable circunstancia. Y por la siguiente:
06. Israel Hurricane (Eden Golan) 375 votos. 5º puesto.
Israel también participó del festival. Y Moroccan Oil.
07. Lituania Luktelk (Silvester Belt) 90 votos. 14º puesto.

La propuesta de la tele lituana de este año, encabezada por el joven Silvester Belt,
resultó interesante en escena y, aunque la canción no sea tampoco demasiado
memorable, sí es verdad que tiene también un carácter muy genuino. En ocasiones, sobre
todo en la parte central de la canción, ese ritmo entre techno y house con cierto eco
étnico, casi en clave de ska, aumenta la singularidad de este tema. Una buena actuación
la de Silvester, a pesar de haber declarado haberse sentido muy angustiado por la presión
de actuar tras Israel, entre otras cosas.
08. España Zorra (Nebulossa) 30 votos. 22º puesto.

Terceros por debajo, pero primeros del top 3 del final de la tabla, España cumplió
su papel con creces. Nebulossa no salieron a ganar, porque no lo necesitaban; ya se
habían ganado la simpatía y el cariño del eurofanato, y es de esos curiosos casos en los
que aunque el público entero se sepa la canción perfectamente y la coree en la actuación
con denodado fervor, finalmente el apoyo en los votos no se corresponde al entusiasmo
antes descrito. Sin embargo, Zorra y la actuación de Nebulossa forman parte ya del
acervo emocional de todo eurovisivo, aunque, a mi modo de ver, debería haber quedado
por lo menos si no entre los 10 primeros, sí al menos entre los 15, porque la verdad es
que el despliegue de autenticidad y despreocupación, unida a la complicidad de un
público entregado que disfrutó desde el primer acorde hasta el final, hicieron de la
representación de Nebulossa un momento televisivo muy especial. Especial, sobre todo
porque Zorra se ha convertido en un himno, yo apuntaría que casi intergeneracional, con
el que se identifica mucha gente diversa, y cuyo mensaje no se restringe tan solo al
ámbito feminista, sino que por su naturaleza, trasciende hacia todas las personas que
alguna vez se han sentido señaladas y violentadas por ser genuinamente lo que son. Tal
vez por eso Zorra, a pesar de la clasificación, no nos quedará por eso con sensación de
sonado fracaso, sino de un estrepitoso triunfo no reconocido.
09. Estonia (Nendest) Narkootikumidest ei tea me (küll) midagi (5miinust &
Puuluup) 37 votos. 20º puesto.

Otra nota alternativa, injustamente tratada en las votaciones, fue la actuación de
Estonia. Sus representantes, por una parte la banda de hip hop estonio 5miinust y por otra
la banda de acid folk Puuluup juntaron en su vanguardista presentación una explosiva
mezcla de sonoridades que aumentaron el voltaje a la noche más eurorave que se
recuerda. Hay que recordar que Estonia tiene un triunfo, logrado en 2001 en Copenhague,
con aquel Everybody de Tanel Padar, David Benton y 2XL. Estonia lleva transitando por el
Festival, desde su debut en 1994 (Dublín), por un camino tortuoso, aunque tenaz, para
hacerse un hueco entre ese grupo de países, llamésmosles, emergentes que en un futuro
se auguran como balanceadores del hegemón eurovisivo, y eso es un fenómeno
interesante. Estonia ha probado todos los estilos, pero aún anda buscando ese hito.
Parece que con la propuesta de este año, Estonia parece haber encontrado un sendero
interesante que explorar en el futuro. Esperemos que el resultado obtenido la noche del
sábado, entre otras cosas, no condicione su presencia en futuros certámenes.
10. Irlanda Doomsday Blue (Bambie Thug) 278 votos. 6º puesto.

Gran momento de la noche. Con una espectacular puesta en escena que, en
ocasiones arrancó más de un sobresalto, la perturbadora y fascinante actuación de
Bambie Thug fue causa de que este año el afán de transformar y abrirse a otros ámbitos
de expresión se tradujera en la aceptación unánime de su propuesta por parte del público
y jurados. Y eso, a pesar de que en principio no contaba con demasiados apoyos, sobre
todo por ciertos sectores de la prensa sionista que conminaron a Bambie a no tatuarse
una consigna interpretable como pro-palestina, y otro tipo de presiones que al parecer
sufrió la delegación irlandesa debido a algunas declaraciones de su representante,
generándole un clima y un estado de ansiedad tal que al parecer pudo poner en riesgo su
participación. El torrencial talento que se desborda en esta oscura fábula gótica, es sin
duda alguna, el punto fuerte de esta actuación de Irlanda, insólita, y que deja a los Lordi,
me van a perdonar el transitorio símil, a la altura de Los Lunnies. En términos
cinematográficos, vendría a ser como el Drácula de Coppola, es decir, con muy pocas
posibilidades de ser superado. Una excelente, original, impactante y, otra vez, genuina,
propuesta la de Irlanda este año. Recordemos que es, con Suecia, el país con mejor
palmarés de la historia del Festival con nada menos que 7 triunfos (3 de ellos
consecutivos). Esperemos que Irlanda descubra también otros caminos que explorar
desde las sombras de este año.
11. Letonia Hollow (Dons) 64 votos. 16º puesto.

Como Estonia, Letonia ha ganado en una ocasión el festival de Eurovisión. Sucedió
en Tallinn, precisamente, con la artista Marie N y la canción I wanna, a mi modo de ver,
muy poco representativa, al igual que la del triunfo de Estonia el año anterior. No
osbtante, Letonia es de esos países que también andan buscando su acomodo en un
estilo que los defina, y por ello, a lo largo de su aventura eurovisiva, han tenido que
vérselas con tamaños sonrojos (Belgrado, 2008) y largos períodos en el abismo de las
semifinales (desde 2009 a 2014 y de 2017 a 2023). Sin embargo, y para grata sorpresa,
Letonia logró este año remontar el abismo y, por méritos más que propios, reaparecer con
uno de los mejores temas de la noche, magistralmente defendido por quien algunos
consideramos, en esas ociosas comparaciones, el Peter Gabriel de la noche. Y es que lo
vale, insisto, por méritos propios. Dons es un gran cantante-intérprete y es la otra gran
voz masculina de este año junto a la del representante francés Slimane. La canción
Hollow, aunque en sus hechuras se detectan giros y rasgos propios de la buena música
norteamericana de sus compositores, es un oasis de buen gusto y talento interpretativo
propio de los mejores crooners. Dons, llenando con su presencia el escenario, realiza una
impecable actuación de principio a fin, apoyado por su excelente dominio de la voz, y su
encaje de matices dentro de la canción. En la semifinal, tuvimos la ocasión de disfrutar de
su magnífica actuación, sobre todo cuando en los últimos compases de la canción se
quiebra, transmitiendo una elegante delicadeza que la corona. Lástima que para los
jurados y público haya pasado tan desapercibida. Como la de Estonia, otra canción
infravalorada, en mi opinión.
12. Grecia Zari (Marina Satti) 126 votos. 11º puesto.

Si bien Grecia no estaba entre mis iniciales preferencias de este año, sí que lo
estaba entre las de gran parte del eurofanato con altas posibilidades en las apuestas de
dar la sorpresa en el televoto. La propuesta griega de este año no podía ser más
auténtica. La verdad es que con las posteriores escuchas, la canción se va convirtiendo
en una peculiar experiencia musical. Claramente, este etno-trap helénico, aunque
bebedor de nuestra gran Rosalía, se consagró este año como una de las más aclamadas
propuestas al triunfo. Estimado el puesto alcanzado, Grecia es de esos países que
siempre aportan, por convencional que sea, esa nota distintiva al festival, y más en su
idioma (cosa frecuente en este certamen), lo cual se agradece. Este año lo ha conseguido
rompiéndose sus propios esquemas. Aunque para rotura de esquemas de Grecia (que
tiene sólo un triunfo, logrado por Helena Paparizou en Kiev en el año 2005 con You are
the one), a modo de anecdotario del horror, la de su actuación en Tallinn, Estonia (2002)
con aquel memorable «S.A.G.A.P.O.» de Michalis Rakintzis (digno de ver).
13. Reino Unido Dizzy (Olly Alexander) 46 votos. 18º puesto.

En realidad, lo del Reino Unido en Eurovisión en los últimos años, salvo el triunfo
no oficial en Turín 2022 del Space Man de Sam Ryder, va produciendo una mezcla entre
tristeza y desidia. La culminación de su Golden Age en Eurovisión vino de la mano de una
banda norteamericana, Katrina & The Waves, cuando, literalmente, arrasaron en el
Festival de 1997 en Dublín, despertándonos a través del euroespiritual Love shine a light
(soberbia actuación) de aquella ensoñación celtoescandinava de casi 4 años que sumió a
Eurovisión en uno de los más deleitosos viajes musicales de su historia. A partir de ahí,
desde el Festival de Birmingham (la ciudad más borde de Inglaterra) en el 1998, el Reino
Unido empezó, como dice mi padre, a «petardear». Tal vez el 2º puesto de Imaani en
aquel festival se debiera a cierta inercia votacional, valga el palabro, de aquellos tiempos,
o tal vez a ciertas pleitesías estilísticas que nos hacen férreos consumidores de un
producto más que por su calidad por su fidelidad a cierta marca. El caso es que la
sucesión de catastróficas desdichas de este titán musical como es el Reino Unido en
Eurovisión en las últimas dos décadas es como para empezar a plantearse algunas
cosas. Entiendo perfectamente el bajísimo puesto de Reino Unido, nuevamente. Y lo
entiendo porque parece que la poderosísima industria musical británica está sufriendo los
efectos de su propia fatiga como maquinaria de incontestables éxitos que ha sido y es.
Dizzy es una canción que ya hemos escuchado infinidad de veces, por eso gusta y al
tiempo genera cierto hastío. La ambiciosa puesta escénica al final no se entiende muy
bien sin conocer el resultado del trampantojo que es la propuesta en sí y lo que nos
ofrece. No niego que Olly sepa seguir muy bien las reglas elementales del espectáculo,
pero creo que no ha acertado a la hora de transmitir su mensaje.
14. Noruega Ulveham (Gåte) 16 votos. 25º puesto.

El útimo puesto lo ostenta Noruega. Su participación de este año, aunque similar
en estilo, ambientación y escenografía, es un mordisquito a la falda de Bambie Thug.
Aun siendo muy atractiva, desafiante, inusualmente antimelódica, es otra de esas propuestas,
como la sueca, que dependen más de la escenografía que de lo que la propia canción
transmita (como, en su palo, sí que transmite la irlandesa Doomsday Blue por sí sola).
Noruega ha estado con frecuencia entre los 10 primeros puestos desde hace tiempo. Tal
vez su propuesta, a día de hoy, pueda parecer un tanto anacrónica o superada
(imaginémosla en cualquier festival de los 90, o primeros 2000). Dada Noruega, por
orografía eurovisiva, a tanto pico y tanto valle, no nos sorprenda que a pesar de este
descalabro, a mi modo de ver, excesivo, tome buena nota y remonte para la próxima. Sus
dos últimos triunfos (Dublín 1995 y Moscú 2009) fueron gracias a violinistas, como idea,
digo.
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